La situación del barrio Polígono Sur en Sevilla, reciente protagonista de múltiples tiroteos entre clanes de la droga, ha vuelto a poner en el ojo del huracán el debate sobre la seguridad y la eficacia de las medidas que se implementan para proteger a los ciudadanos. Aunque podría sonar como el guion de una serie de televisión dramática, esta es la cruda realidad que viven muchos vecinos a diario. Pero, ¿podría haber mejorado la situación si la comisaría de policía propuesta se hubiera localizado en el mismo barrio? ¿Y qué pasa con los servicios esenciales que se niegan a operar sin medidas de seguridad adecuadas?
A través de las voces de algunos de los residentes locales, como Sergio Codera y Salvador Diánez, se puede entender mejor la frustración y el clamor por un cambio real y efectivo en la zona. Así que, agarrémonos de la mano (metafóricamente, claro, que no es un club de amigos) y exploremos esta compleja situación.
La comisaría que nunca llegó: ¿una solución perdida?
Sergio Codera, que parece tener una opinión bien formada, sostiene que la no construcción de una comisaría en el barrio ha dejado un vacío que se siente cada día. Puede que algunos piensen que este asunto de construir una comisaría sea un tema menor. Pero, amigos, ¡no sería la primera vez que un punto de acceso a la seguridad puede cambiar la forma en que una comunidad se siente!
Imagínate esto: llegas a casa tras un largo día de trabajo (o de ver series en Netflix, lo que a ti te plazca), y sientes que muchos de tus vecinos viven con miedo. Entonces, una comisaría del otro lado de la calle podría proporcionar una sensación de seguridad. En contraste, la comisaría existente, ubicada junto al Hospital Virgen del Rocío, cierra a las 9 de la noche. ¿En serio? ¿Justo cuando el barrio empieza a vivir, como señala Codera? Parece un guion de comedia, pero aquí no hay risas.
Además, la falta de respuesta rápida, como el caso de la joven a la que le robaron el móvil, ilustra una desconexión entre las necesidades de la comunidad y la capacidad de la policía para atenderlas. Como diría cualquier amigo con buen criterio: “una mano lava la otra, y ambas lavan la cara”. Pero ¿quién lava la cara cuando la mano no llega a tiempo?
Servicios negados: un círculo vicioso
¿Y qué hay de los servicios básicos, como autobuses, limpieza y correos? Según Salvador Diánez, los vecinos se ven forzados a vivir con una escasez significativa de estos servicios, lo cual afecta negativamente a la calidad de vida en la zona. Si el transporte público se niega a entrar sin una escolta policial, es un problema que va más allá de lo logístico; se trata de un asunto de dignidad. ¿Se imaginan tener que llamar al 112 cada vez que quieres que un autobús llegue a tu parada?
Esta situación no es algo nuevo, como lamenta Diánez. Las dificultades en el barrio han existido durante años. Pero cuando los servicios básicos se ven obligados a dejar de funcionar por miedo, es como si se estuviera haciendo una especie de «juego de sillas». Y cuando la música para, a veces, nadie se queda sentado.
Como ejemplo personal, recuerdo una vez que intenté usar el transporte público en un día de lluvia, y el autobús no llegó. Fue un espectáculo digno de un episodio de «Seinfeld»: la lluvia cayendo, yo empapado, y ya a punto de empezar a entonar una balada de amor a mi paraguas roto. La frustración es real, y puede ser multiplicada en comunidades donde estos problemas son comunes.
Del estrés mental a la marginalización social
A medida que estas tensiones aumentan, el estrés y la ansiedad también lo hacen. La vida cotidiana se ve interrumpida, y los normativos “comerciales” de cómo deben operar las ciudades empiezan a derrumbarse. La marginalización se convierte en un denominador común en muchas áreas deprimidas, y las historias de superación con frecuencia se convierten en cuentos de resiliencia, en lugar de historias de éxito.
Codera hace un comentario que puede resonar con muchos: ¿qué sucederá si los servicios públicos deciden redirigir sus esfuerzos a áreas donde la violencia no es un problema? ¿El Polígono Sur se convertirá en un lugar donde la vida se detiene, relegado a un limbo de desinterés y abandono?
Desafortunadamente, este ciclo se retroalimenta. La falta de servicios adecuados, la inseguridad y el miedo perpetúan la percepción de que el área no es un lugar seguro para vivir y trabajar. Es como una especie de «poder negativo» a la inversa, donde el estigma social y la falta de inversión se convierten en una camisa de fuerza para el desarrollo.
Reacción tardía: ¿por qué esperar a que exploten las cosas?
La frustración de que la policía solo actúe tras un tiroteo es palpable. Rafael Pertegal, un líder comunitario, observa que muchas instituciones públicas parecen reaccionar solo cuando la situación se vuelve insostenible. Y ahí está el quid de la cuestión: ¿por qué las comunidades tienen que sufrir las consecuencias antes de obtener respuesta? ¿Es necesaria una crisis para que el cambio ocurra?
La próxima vez que alguien se queje de que “todo va mal”, podrías contestar: “hablando de eso, alguien debería llamar a una comisaría de policía, quizás una allí mismo, en el barrio”. Pero, a pesar de la ironía, este círculo vicioso no parece ser la solución.
Si lográramos cumplir con las necesidades de la comunidad antes de que estallen los conflictos, podríamos evitar estas situaciones. Es como intentar mantener nuestra planta de interior viva; si solo le damos agua y luz cuando ya está marchita, es probable que nuestra siguiente conversación sea sobre plantitas de plástico.
Lo que se necesita: acción consistente y estrategias efectivas
Entonces, ¿qué se puede hacer? No tengo una varita mágica (y, para ser honesto, sería un poco extraño si la tuviera). Pero se pueden implementar estrategias más efectivas y proactivas, involucrando a especialistas en gestión de crisis y trabajo comunitario, para crear una sinergia con los residentes. El papel de las autoridades se debe mover de reaccionar a proactivamente escuchar las voces de los ciudadanos.
Esta problemática de seguridad no se aborda solo con más policías en las calles; se trata de crear un entorno donde todos se sientan seguros, comenzando desde construir una relación positiva entre las fuerzas del orden y la comunidad, así como garantizando servicios básicos que no dependan del miedo. Y aquí es donde entra la empatía y la capacidad de entender que la vida en un barrio no es un juego de ajedrez donde unas pocas piezas son más importantes que otras.
Sin duda, una combinación de diálogo abierto, compromisos serios y una perspectiva honesta sobre cómo se gestionan estas iniciativas sería un buen comienzo. Aunque el camino es largo y angosto, al menos hay un sentido de comunidad que podría ser el faro que guíe hacia una posible solución.
Reflexiones finales
La situación del barrio Polígono Sur es desconcertante y problemática, pero también puede ser una oportunidad para el cambio. Más allá de las balas y los clanes, hay historias de vida que merecen ser escuchadas. Los residentes enfrentan un desafío no elegido, pero su resiliencia puede ser el primer paso hacia mejorar su entorno.
Así, después de esta lectura, quizás te preguntes: ¿qué haces tú por tu comunidad? La empatía no solo se queda en la teoría; puede convertirse en acción. La vida social y comunitaria merece ser atendida con la seriedad que requiere, y solo así podremos romper el ciclo de miedo y aislamiento que, hasta ahora, ha estado tan presente en estos relatos.
Si está en tu poder influir de alguna manera, hazlo. Comunícate, participa, y recuerda que cuidar de cada barrio es cuidar de cada habitante. Porque al final, la seguridad debería ser un derecho para todos, no un privilegio reservado para unos pocos.