En un rincón pequeño pero significativo de Cataluña, Ripoll ha sido escenario de una manifestación que resuena más allá de sus fronteras. Este pasado domingo, unas 600 personas, según informes policiales y hasta 1,000 según organizadores, unieron sus voces en contra de la alcaldesa ultra, Sílvia Orriols, cuyas políticas han despertado preocupaciones sobre la libertad y los derechos de las comunidades más vulnerables. Quizás pienses, ¿por qué una alcaldesa tan controvertida recibe un apoyo considerable? Ah, querido lector, la política a menudo es un juego de supervivencia y percepción.
El caldo de cultivo para el descontento
La chispa que encendió la protesta fue el cierre temporal de un casal popular, conocido como La Metxa, que había sido cerrado por el Ayuntamiento en mayo bajo la justificación de que representaba un peligro para la «seguridad y la convivencia». Si te estás preguntando qué es un casal popular, imagínate un lugar donde la comunidad se junta para promover la cultura, la diversidad y el diálogo. Pero para algunos, como Sílvia Orriols, parece que este tipo de espacios comunitarios no caben en su narrativa política.
Yo personalmente he asistido a encuentros en espacios similares y cada vez que salgo de uno, me siento revitalizado. Esa sensación de comunidad, de sentir que perteneces a un lugar donde tus preocupaciones y aspiraciones son compartidas, es invaluable. Así que, claro, no sorprende que la reactivación de un lugar como La Metxa se haya convertido en un símbolo de resistencia.
La marcha en Ripoll: un mar de voces sin incidentes
Los manifestantes se reunieron en la plaza del Ayuntamiento antes de emprender un recorrido que terminó frente al domicilio de la diputada. Aunque la alcaldesa se encontraba presente, su reacción fue más bien de desprecio. Ella, que había arremetido en redes sociales contra lo que consideraba una «acción de forasteros», se vio rodeada por quienes consideran represivas sus políticas. ¿Puede ser que la democracia sea solo un término elegible para algunos?
A lo largo de la marcha, los lemas resonaron con fuerza: “Contra el fascismo, acción directa” y “Ripoll antifascista” fueron algunos de los más repetidos. La energía del grupo era palpable, a pesar de los intentos de la alcaldesa de pintar el descontento como una simple rabia irracional en contra de su administración. Y aquí hay un punto para reflexionar: ¿Es la resistencia política solo una cuestión de ideología, o también de identidad personal?
El papel de las minorías en esta lucha
Lo más conmovedor de esta protesta fue la inclusión de ciudadanos de variados orígenes que se sintieron aludidos por las palabras de Orriols. Uno de ellos fue Faissal, un inmigrante que, tras más de siete años en Ripoll, se encontraba atrapado en un laberinto burocrático. Faissal no solo luchaba por sus derechos, sino por los de su familia. Su voz, aunque personal, se convirtió en un eco de muchas otras que buscan ser escuchadas. ¿Cuántas historias como la de Faissal se esconden en las sombras de la burocracia?
En su discurso, Faissal reclamó la tarjeta sanitaria para sus hijos, quienes esperaban ser registrados en el padrón municipal. La burocracia puede ser un laberinto del que es difícil salir, especialmente cuando se te cierran puertas por motivos infundados. Y lo triste es que esto ocurre en un municipio donde una herida profunda todavía está presente: los atentados de 2017 en Barcelona y Cambrils llevaron a un sufrimiento indescriptible, pero también a la creación de estigmas que perduran en el tiempo.
Políticas de hostigamiento y la deshumanización del otro
Las políticas de Orriols han suscitado graves preocupaciones en cuanto a hostigamiento municipal. Los residentes han denunciado la imposición de multas y sanciones que parecen más un castigo que una regulación. Recentemente, los defensores de derechos civiles alegaron que estos castigos se han usado para silenciar a quienes se oponen al discurso político del Ayuntamiento.
Incluso el mismo cierre del casal fue, según algunos, una medida para callar las voces de la oposición. Aquí me viene a la mente una frase de George Orwell: «En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario». ¿No es irónico cómo las verdades que parecen evidentes son, a menudo, lo que menos se escucha en el fragor de la batalla política?
La naturaleza represiva de estas políticas se reflejó también en el hecho de que la alcaldesa censuró un cartel que se había convertido en el ganador de las fiestas locales, un cartel que mostraba a una chica llevando un velo islámico. Es una medida que no solo silencia la libertad de expresión, sino que también afecta a la dignidad y al derecho de representación de una comunidad específica.
La comunidad islámica en el ojo del huracán
En un clima donde el islam es un tema sensible, y donde los ecos del pasado aún resuenan fuertemente, la comunidad islámica de Ripoll se ve acorralada. Ali Yassine, el presidente de la comunidad islámica Annour, también estuvo presente en la manifestación, afirmando que la extrema derecha no encontrará un lugar en su mundo.
Sin duda, las experiencias de aquellos que pertenecen a comunidades minoritarias son variadas y, a menudo, dolorosas. He conversado en varias ocasiones con personas que han vivido el impacto del discurso de odio y la discriminación. Este tipo de violencia no deja moretones visibles, pero perfora la psique y la identidad de las personas. La empatía parece un recurso escaso en este contexto.
Clima de tensión y creatividad social
A medida que la manifestación avanzaba, algunos vecinos, especialmente aquellos de origen extranjero, se unieron al grupo de manifestantes. Hay algo profundamente poderoso y conmovedor en ver cómo las comunidades se unen en la adversidad. El acto de dar un paso al frente y unirse a la lucha es un acto de valentía que va más allá del simple desacuerdo.
Sin embargo, también es importante recordar que los ataques a la sede de Aliança Catalana tras la manifestación, donde aparecieron diversos vidrios rotos, plantean preguntas difíciles sobre cómo las protestas pueden escalar de manera negativa.
Conclusión: ¿Qué nos depara el futuro?
La manifestación de Ripoll es más que un simple evento político, es un llamado a la acción por los derechos de todos, particularmente de aquellos que se sienten marginados o despojados de voz. Al final del día, todos tenemos el poder de ejercer nuestras opiniones, de formar parte del tejido social y de cuestionar a aquellos que están en el poder.
A través de la historia, cada voz cuenta. Las risas, las lágrimas, y las demandas de justicia social son componentes esenciales de la narrativa colectiva. Así que, ¿qué hacemos ahora? El compromiso no termina en una manifestación. Requiere un trabajo continuo por construir comunidades inclusivas donde todos, sin distinciones, tengan la oportunidad de levantar la voz y ser parte del cambio.
Espero que el ejemplo de Ripoll nos inspire a todos a no solo ser observadores pasivos, sino a ser agentes de cambio en nuestras propias comunidades. Después de todo, en este juego llamado vida, ¡todos podemos ser protagonistas!