La política nunca ha sido un tema fácil de digerir para el ciudadano promedio. Entre debates efervescentes, tácticas dilatorias y una buena dosis de espejos mágicos que desvían la atención, a menudo nos encontramos nadando en un mar de confusión. Hay días en que me siento como si estuviera en un mal programa de televisión en el que, por alguna razón, sigo regresando para ver cómo termina cada episodio. ¿A ustedes no les pasa? Pero la realidad es que estamos en una encrucijada política y social cuya complejidad merece analizarse a fondo, porque, al fin y al cabo, todos somos parte de esto, ya seamos meros espectadores o grandes actores.
Las distracciones y el arte de la manipulación
Recientemente, he encontrado en las reflexiones del filósofo Edgar Morin una luz que ilumina el camino hacia una mejor comprensión de nuestro entorno. Su afirmación de que “la realidad se esconde detrás de nuestras realidades” resuena profundamente en esta época repleta de distracciones. A menudo soy testigo de cómo los políticos utilizan maniobras burdas para desviar nuestra atención de los temas verdaderamente importantes. ¿No resulta irónico? Mientras nos lanzan fuegos artificiales de escándalos menores, las decisiones cruciales sobre nuestras libertades individuales y el futuro democrático a menudo pasan desapercibidas.
Por ejemplo, el reciente episodio en México, donde la nueva presidenta optó por no invitar al jefe del Estado español a su ceremonia de toma de posesión, ha generado una ola de debate. ¿De verdad creemos que este acto es más que un simple gesto simbólico? La realidad es que este es solo un cortafuegos que permite a los líderes distraer y enfocar la atención en asuntos internos que, en última instancia, son mucho más preocupantes. Mientras tanto, las reformas propuestas, como la elección de jueces por voto popular, sacuden los cimientos de un sistema judicial ya frágil. Aquí, me viene a la mente una pregunta intrigante: ¿realmente podemos confiar en el juicio popular cuando la información y la manipulación son moneda corriente?
La reforma judicial: un juego de distracción
La idea de que cualquier titulado en Derecho pueda convertirse en juez tras ser elegido por el voto popular suena atractiva en la teoría. Sin embargo, ¿no es un poco ingenuo? ¿Quién no se ha reído al ver a un amigo intentar una campaña electoral con carteles hechos a mano y un discurso que, a pesar de lo apasionado, carece de sustancia? Así se siente esta reforma: una ilusión que se desploma a la luz de la experiencia.
Se plantea la cuestión de quien financiará estas campañas. ¿Es que alguien se imagina a los vecinos organizando un mitin en la plaza del pueblo para elegir a su juez? La realidad es que, al final, siempre habrá un partido detrás, guiando a los electores como si fueran muñecos de ventrílocuo. Este escenario no solo perturba la independencia judicial sino que alimenta la corrupción, y, sinceramente, a muchos les empieza a sonar a record de los peores shows políticos que hemos presenciado.
La monarquía y la política: un amorío complicado
Siguiendo con el hilo de las distracciones, hablemos de la monarquía. Me quedo perplejo al ver cómo se discute más sobre los escándalos personales de los miembros de la familia real que sobre el verdadero papel de la monarquía en nuestras sociedades. Sí, es innegable que un príncipe que se comporta de manera cuestionable genera morbo —al fin y al cabo, nos gusta el salseo, ¿verdad?—, pero igual de importante es cuestionar la existencia misma de la monarquía como institución.
Es fácil perderse en el debate sobre “¿son peores los reyes buenos o los reyes malos?” y olvidar que lo que realmente debe preocuparnos es si el sistema permite la verdadera democracia y el control sobre los poderes establecidos. Los reyes no definen un sistema político, pero un sistema político puede definir cómo los reyes actúan. La pregunta final es: ¿estamos dispuestos a continuar ciegamente apoyando una estructura que se asemeja más a un culebrón que a una verdadera gestión política?
Encuentros en la política: ¿una pura formalidad?
¿Recuerdan cuando los líderes políticos se sentaban a discutir? Esas reuniones que estaban más cargadas de promesas que de soluciones efectivas. Es como si estar en una reunión política se pareciera a un mal primer encuentro. Se intercambian miradas y sonrisas, pero bajo la superficie se dan cuenta de que, hablando sinceramente, no hay mucho en común. Este es el caso de la reciente jornada comprimida de Feijóo. Este caballero ha estado tratando de captar votos mediante una agenda social que, a fin de cuentas, patea la pelota a campo contrario sin realmente abordar los problemas que la gente enfrenta.
Al final del día, resulta que todo es un juego de apariencias. Por un lado, se trata de mostrar una imagen proactiva; por el otro, existe un profundo deseo de adherirse a un centro político que, honestamente, no satisface a nadie. Pero en esta lucha por el voto, tanto buenos como malos están tratando de hacer malabares con las expectativas de una ciudadanía que, cada vez más desconfiada, comienza a cuestionar la eficacia del proceso. ¿Hasta qué punto somos responsables de poner nuestra fe en líderes que no logran mantenerse a la altura?
La manipulación económica: un espectáculo decepcionante
Luego tenemos el asunto del salario bruto, tema que ha vuelto a estar en el punto de mira gracias a Garamendi. Esa ocurrencia ha sido recibida con risas mezcladas de incredulidad. La propuesta de cobrar el salario bruto como una forma de hacer explícito el “sacrificio” que todos hacemos al contribuir a nuestra sociedad es, por decir lo menos, una jugada curiosa. La realidad es que nadie quiere ver de golpe cuánto nos cuesta mantener este funcionamiento, ya que vivir en la ignorancia puede ser un mecanismo de defensa vacío.
Imaginen esto: un trabajador se presenta en la oficina, recibe su salario bruto y, de repente, se siente como un niño que descubre que la Santa Claus no existe. ¡El shock! Estamos hablando de una jugada que puede hacer que la gente haga la cuenta fatal de cuánto realmente se queda en el bolsillo después de las retenciones. ¡Oh, y que nadie olvide el infame efecto proporcional! Es como si estuviéramos hablando de una broma de mal gusto. Entregar la verdad de manera cruda podría crear más resentimiento que apoyo hacia las políticas propuestas.
La sombra de Alvise y su encanto táctico
Los personajes del espectáculo político siempre me han intrigado, y no hay mejor ejemplo que Alvise. Este tipo es el epítome del outsider, pero también del “tremendo jeta”. No se puede negar que supo jugar sus cartas para ganar cierto protagonismo, pero el apelativo “tremendo jeta” nunca llegó a ser más que un apodo ganado a pulso. Su búsqueda de inmunidad parlamentaria se hace cada vez más evidente; no hay nada como navegar entre las sombras de la ley para hacerse un nombre en la arena política. El problema para él es que, en este juego, llega un momento en que la justicia no perdona.
La situación con Alvise me recuerda a un juego de destreza en el que, por mucho que pienses que puedes engañar a los demás, eventualmente las cartas se muestran y es el momento de enfrentarse a la cruda realidad. Los rumores de carruseles políticos y tramas enigmáticas están todos en juego, y no creo que el hombre sepa en qué ha terminado metido. El espectáculo se va volviendo cada vez más complicado de gestionar.
Conclusiones: un camino lleno de retos y reflexiones
A lo largo de este viaje por la turbulenta escena política actual, me doy cuenta de que cada uno de nosotros tiene un papel esencial que desempeñar. Es fácil caer en la tentación de dejar que otros decidan por nosotros, pero esta no es la época de la indiferencia. La política es un reflejo de nuestras decisiones diarias. Y sí, aunque a veces sea confuso y agobiante, resulta crucial que nos involucremos y hagamos escuchar nuestras voces.
La autonomía intelectual se convierte así en un imperativo. No podemos permitir que otros marquen nuestra agenda, y menos aún dejar que las distracciones nos alejen de los temas que realmente importan. Como algunos sabios han dicho, entonces, ¿qué estamos esperando? La política se alimenta de nuestras decisiones, así que hagamos que nuestras voces cuenten, sin importar cuán ruidosos o silenciosos se vuelvan los ecos a nuestro alrededor.
Al final, me quedo con una última reflexión de Morin: “La inconsciencia sonámbula propia de las épocas que preceden y preparan los desastres históricos”. No dejemos que la historia se repita porque decidimos seguir el juego sin cuestionar las reglas.
Así que sigamos atentos, hagamos preguntas y forjemos weichos. La política puede ser un circo, ¡pero somos nosotros los que podemos dirigir el espectáculo!