El pasado sábado, el Real Madrid sufrió una de esas noches que prefieres borrar de tu memoria y que, irónicamente, puede que se queden grabadas a fuego en la de muchos aficionados. Es impresionante pensar que, en un evento tan grande como un clásico, lo que debería ser una celebración del deporte se vio empañada no solo por los goles del Barcelona, sino por un tipo de purulencia racista que pareciera tener más cabida de lo que es aceptable en nuestra sociedad. ¿Qué está pasando?
Como aficionado al fútbol desde que tengo uso de razón, estas situaciones me llenan de frustración. Recuerdo aquella vez en un partido que fui a ver con unos amigos en el estadio de mi ciudad. Prometía ser un gran día, pero en lugar de disfrutar de la euforia del fútbol, mi entusiasmo se vio disminuido por gritos de odio lanzados por un grupo de personas. Fue un momento incómodo que hizo que muchos de nosotros deseáramos que el suelo nos tragara. Pero lo que ocurrió en el estadio del Real Madrid el fin de semana pasado fue aún más desalentador.
El trasfondo de lo que ocurrió
Los insultos racistas dirigidos a Lamine Yamal y Raphinha durante el partido son una muestra de que la intolerancia y el odio no solo están presentes en las calles, sino también en los estadios. Y no se trata de opiniones aisladas. Esta no es la primera vez que la afición de un club español cae en este tipo de comportamientos. ¿Hasta cuándo permitiremos que ciertos espacios se conviertan en refugios de la xenofobia y el racismo?
La Liga y la Federación Española de Fútbol han tratado de establecer protocolos que prevengan el racismo en el deporte, pero es evidente que todavía queda un largo camino por recorrer. La situación exige no solo que se tomen medidas efectivas, sino que haya una conciencia social más amplia. Es curioso cómo la misma afición que vitorea a sus jugadores en la cancha es la que, en un arranque de agresividad, se permite lanzar insultos inaceptables. ¿No es una contradicción?
¿Cómo se refleja esto en la cultura del fútbol español?
La cultura futbolística en España es profundamente arraigada y muchas veces se ha visto vinculada a la pasión desenfrenada de los aficionados. Un buen partido debería ser un espacio seguro tanto para los jugadores como para los espectadores. Sin embargo, el ambiente de la rivalidad ha llevado a que algunos aficionados consideren el insulto como una especie de honor durante los climas competitivos. Pero, ¿dónde trazamos la línea entre rivalidad y racismo?
En esta ocasión, se han escuchado comentarios de los jugadores y de la comunidad futbolística que hacen eco de una llamada de atención. No es suficiente simplemente quejarnos de los incidentes; necesitamos cambiar la narrativa. Esto para nada significa que debamos dejar de disfrutar del juego. Al contrario, el fútbol debe ser disfrutado con respeto y la inclusión como bandera.
Las reacciones tras el partido
Las reacciones han sido diversas. Algunos aficionados han expresado su apoyo a los jugadores afectados, mostrando mensajes en redes sociales con la etiqueta #StopRacismo. Otros, sin embargo, se han enfrentado a la realidad con una actitud pasiva, alegando que «siempre ha sido así» o que «es parte del fútbol». Estos son los comentarios que me dejan perplejo. ¿De verdad vamos a quedarnos en la superficie y no cuestionar lo que ya no es aceptable? Es como si hiciera falta un recordatorio de que el racismo no es parte del juego, sino un veneno que contamina la esencia misma del deporte.
La respuesta de los jugadores, el club y la afición
Jugadores como Lamine Yamal, quien es una de las promesas del fútbol español, se han visto obligados a lidiar no solo con la presión de ser estrella, sino también con el peso del racismo. Esto es completamente inaceptable. Desde el Real Madrid hasta los medios de comunicación, la respuesta ha sido mayoritariamente de condena. Pero, aquí hay otro tema: ¿se están tomando acciones contundentes al respecto o es todo un gesto político/comunicacional que poco cambiará en el fondo?
Es impactante ver cómo los clubes, que arrastran potestad, no han sido capaces de poner un freno a esta situación. Hay que recordar que el fútbol es un motor socioeconómico inmenso, y eso no solo debería servir para llenar sus arcas, sino también para educar a sus aficionados.
La responsabilidad de todos y cada uno de nosotros
Con frecuencia somos rápidos para juzgar a otros, pero ¿qué podemos hacer nosotros como aficionados para contribuir a erradicar estas conductas vergonzosas? Aquí algunos puntos que quizás podemos considerar:
1. Educación deportiva
Promover el respeto y la inclusión desde las categorías inferiores en los clubes. Educar no solo a los jugadores, sino también a los mismos aficionados. Después de todo, las canteras son el futuro y hay que nutrirlas de valores.
2. Digamos ‘no’ al silencio
Si escuchamos algo inaceptable, no seamos espectadores pasivos. No está mal ser un «aguafiestas» de vez en cuando, especialmente cuando el clima es de violencia tórica hacia otros. Cada uno de nosotros tiene el poder de intervenir y mostrar que el racismo no tiene lugar en nuestros estadios.
3. Uso de redes sociales
Las redes sociales son una herramienta poderosa. Si un hashtag como #StopRacismo puede contribuir de forma positiva, ¿por qué no hacerlo? Compartir información, hacer eco de las voces que claman por un cambio, y educar a otros es fundamental.
4. Adoptemos una postura activa como aficionados
Las cuotas de los clubes se deben a su base de aficionados, y si hemos decidido ser leales a un equipo, debemos exigirles que se tomen acciones concretas. El club solo escuchará nuestras demandas si ve un impacto en su imagen y rentabilidad. Funciona así: si no mandamos un mensaje, seguiremos sufriendo las consecuencias.
Un futuro incierto pero esperanzador
En resumen, la noche del sábado debería ser un llamado de atención. Aunque ocurrió un partido en el que el Real Madrid tuvo un “baño de goles” por parte del Barcelona, lo que realmente debería preocuparnos son los gritos racistas. Todos tenemos una responsabilidad que cumplir, y aunque el camino parece largo, no está del todo perdido. Nunca debemos caer en la complacencia.
Y para terminar, me gustaría dejar esta reflexión: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por la integridad del deporte que tanto amamos? ¿Podemos ser parte del cambio?
A veces, es fácil asumir que el cambio está fuera de nuestro alcance. Pero recordemos que cada voz cuenta. Así que dejemos que el respeto y la inclusión sean los verdaderos protagonistas en el fútbol y en nuestras vidas. ¡Vamos a hacerlo juntos!
Los eventos recientes han sacudido el mundo del fútbol… y de alguna forma, tal vez, esto podría ser el inicio de algo nuevo, un camino hacia un futuro donde el racismo y la intolerancia no tengan cabida en nuestras vidas ni en nuestros estadios.