En los últimos días, el PSOE ha revivido un debate que parecía cerrado tras la aprobación de la ley trans, y de manera curiosa, ha demostrado que las pugnas internas pueden ser más intensas que cualquier enfrentamiento en el exterior. Este 41º Congreso Federal no sólo ha ofrecido un simulacro de consenso; ha sido un campo de batalla ideológico entre corrientes que, si bien comparten ciertas bases, tienen visiones radicalmente diferentes sobre la igualdad y la identidad de género. Vamos a explorar lo sucedido, pero no sin antes sacar a relucir un par de anécdotas que a todos nos pueden resonar.
Recuerdo una vez, en una de esas longas discusiones en la universidad, cuando un amigo empezó a divagar sobre la teoría queer mientras yo, completamente despistado, pensaba en qué cenar. Al final del debate, le pregunté si me podía dar la receta de su argumentación de forma más sencilla. Vamos, un plato más ligero. A veces, estos temas pueden ser tan densos como un guiso de legumbres que me olvidé de sacar del fuego. Pero hay que darse cuenta de que detrás de estos debates hay emociones y pasiones que, a menudo, se pierden en la traducción.
¿De qué trata todo este jaleo?
La cuestión del género se encuentra en el centro de las discusiones del 41º Congreso Federal del PSOE, donde el feminismo clásico ha emergido como una fuerza considerable. Imaginemos la escena: pasadas las 22:00 del pasado sábado, entre debates acalorados y un mar de posturas, se pieza una enmienda que prohíbe la participación de personas del «sexo masculino» en competiciones deportivas para mujeres. Esta medida, apoyada por los delegados de Guadalajara, reflejó una preocupación genuina por la equidad en el deporte femenino. Podemos decir que fue como ver una semifinal de fútbol: todo el mundo estaba en el borde de su asiento, gritando y repartiendo abrazos a la victoria.
Por otro lado, y quizás con más revuelo en las redes que en las calles, está el cambio de siglas LGTBIQ+ a LGTBI, que también fue aprobado. Esto resulta un reflejo claro de cómo se perciben las luchas dentro de las diversas facciones de una comunidad que debería estar unida. ¿De verdad necesitamos una guerra de siglas cuando ya estamos en un mundo lleno de problemáticas que abordar? No sé ustedes, pero a mí me parece que la verdadera batalla debería ser contra la intolerancia y no entre nosotros.
La reacción de las feministas clásicas y el eco en la calle
El ambiente tras la votación fue eléctrico, casi como cuando tu equipo de fútbol marca un gol en el último minuto. Las feministas clásicas celebraron la victoria con gritos de «¡que viva la lucha de las mujeres!». Pero, ¿es esto una victoria o solo una tregua temporal? El apoyo del 47.8% a la fórmula LGTBI muestra que hay un sector dentro del PSOE que está claramente dividido. Me hace pensar en esas cenas familiares donde no siempre estamos de acuerdo sobre qué pedir: al final, se llega a acuerdos porque «no queremos que la abuela se enfade».
Fuentes del sector contrario a la teoría queer, al igual que nosotros en esos debates de la universidad, han recordado que en el Congreso de Valencia en 2021 se aprobó la fórmula que hoy se cuestiona, pero esta vez parece que el viento ha cambiado. Y así, en un ciclo repetitivo, se nos presenta una dinámica que ha sido más constante que el ciclo de las estaciones: las tensiones entre el feminismo clásico y las corrientes más nuevas son, en su esencia, un reflejo de la lucha por encontrar un espacio donde todas las voces puedan ser escuchadas.
El rayo de la ley trans y las consecuencias inesperadas
La aprobación de la ley trans ya había supuesto un cisma interno en el PSOE, pero estas nuevas enmiendas son un recordatorio de que ha quedado un espacio para la discusión. El feminismo clásico, representado por figuras como Carmen Calvo, había mostrado resistencia hacia esta normativa, que promueve la autodeterminación de género con un proceso relativamente simple. El contraste parece estar claro: unas abogan por la libertad y la inclusión, mientras que otras ven con ansiedad cómo se reconfigura lo que tradicionalmente consideraban un espacio seguro para las mujeres.
Finalmente, es relevante mencionar el otro asunto en debate: una propuesta que busca expulsar a los militantes consumidores de prostitución del partido. Imaginen tener que hacer una lista de amigos y tachar a algunos porque, de alguna manera, sus decisiones de vida pueden ser vistas como problemáticas. Es, sin duda, un tema que se reduce a nuestras nociones de moral y ética dentro de un entorno político que debe ser inclusivo y empático.
¿Y ahora qué?
Así que, después de todo este torbellino de emociones y decisiones, tenemos que preguntarnos: ¿hacia dónde vamos? ¿Es esta una verdadera evolución dentro del tejido del PSOE o simplemente una repetición de viejos patrones? La realidad es que, mientras unos celebran victorias pequeñas, otros se sienten desplazados y menospreciados. En un mundo que ya está lleno de divisiones, crear nuevas no parece ser la solución más viable.
Para pensarlo
En resumen, el debate sobre el feminismo clásico y queer en el PSOE es importante porque nos muestra cómo las luchas internas pueden hacer que el bosque se oculte tras un árbol. Puede que todos estemos buscando lo mismo –la igualdad y la justicia–, pero nuestras maneras de llegar allí son terriblemente diferentes. Y tal como decimos todos en nuestras discusiones tediosas: «Si no nos escuchamos, nunca vamos a llegar a un acuerdo.»
Además, ¿no sería más fácil poner toda esa energía en resolver cuestiones como la violencia de género, la brecha salarial, o los derechos de las personas trans fuera de los corrales del partido? La vida es demasiado corta para encontrar nuevas maneras de dividirnos. ¿No deberíamos estar celebrando la multiplicidad y no acusando a quienes piensan diferente? Al final del día, al igual que aquel debate de mis años en la universidad, estas discusiones deberían enfocarse en algo más colectivo y menos individual.
Este 41º Congreso se ha convertido, sin lugar a dudas, en una nueva arena de guerra ideológica, pero quizás lo que realmente necesitamos es un espacio para el diálogo, la empatía y, por supuesto, la acción. Porque es la acción la que puede hacer la diferencia real en la vida de las personas, y eso es lo que realmente cuenta.