La pandemia de COVID-19 fue un momento en el que todos nos vimos enfrentados a un reto inimaginable, pero, ¿quién hubiera pensado que esto también abriría la puerta a historias desgarradoras sobre la atención a nuestros mayores? El caso de la residencia Domus VI de Alcoy (Alicante) es un claro ejemplo de cómo la negligencia y la falta de preparación pueden tener consecuencias devastadoras. La historia de Concepción Monfort, quien perdió a su padre Rafael en este lugar, nos invita a reflexionar sobre la dignidad, la atención y el futuro de nuestras residencias.

La historia detrás de la tragedia

Concepción no es solo un nombre; es un símbolo de la lucha por desentrañar la verdad detrás del sufrimiento de muchas familias en tiempos de incertidumbre. Rafael, su padre, fue ingresado en la residencia en 2017, y en marzo de 2020, una tragedia se desató cuando contrajo COVID-19. Su testimonio ante el tribunal fue conmovedor. Con sólo recordar a su padre, un hombre de 90 años con Alzheimer, nos deja una pregunta profunda: ¿qué es lo que queremos para nuestros mayores cuando ya no podemos cuidar de ellos?

Concepción relató cómo su padre fue sombríamente devuelto a la residencia bajo condiciones que todos podemos reconocer como insuficientes. A medida que escuchamos su historia, no puedo evitar sentir empatía. Quizás tú también, como yo, hayas tenido un ser querido en una situación similar. Eso nos lleva a considerar el bienestar de nuestros ancianos y cómo, a menudo, el sistema parece fallarles.

La negligencia releva el sistema

Durante el juicio, se revelaron detalles desgarradores sobre las condiciones de vida en la residencia. Desde familias que reportaban a sus seres queridos sin dentaduras hasta la falta de personal para cuidar de los ancianos, la situación era alarmante. La abogada de los familiares expuso que el 53% de los residentes fallecieron como consecuencia de la pandemia, poniendo en entredicho cualquier norma de dignidad en su atención. ¿Cómo puede un centro diseñado para cuidar de nuestros mayores dejar de lado su bienestar de esta manera?

Es irónico, ¿verdad? Mientras algunos de nosotros hemos tenido el privilegio de resguardarnos, muchos ancianos fueron dejados a su suerte en ambientes donde la atención se convirtió en un lujo más que en una necesidad. Esto nos lleva a reflexionar sobre un sistema que ha sido criticado en más de una ocasión, especialmente hacia su ratio de personal, que ya había sido denunciada en 2019.

Las voces de los afectados

Las declaraciones de otros familiares, como José Ignacio y Consuelo, también fueron cruciales en el juicio. Estas historias no son solo cifras o anécdotas; son vidas que se despliegan ante nuestras ojos, y que parecen gritar desde el dolor: «Queremos dignidad.» Este llamado a la dignidad no es solo un clamor de quienes han perdido a sus seres queridos, sino un llamado de atención sobre un sistema que, en muchos casos, parece no responder a las necesidades de quienes lo sostienen.

La defensa de la empresa gestora, Quavitae, argumentó que la falta de atención y recursos no justifican los reclamos de negligencia. Sin embargo, el sentido común nos invita a cuestionar esta visión. ¿Es razonable aceptar que en un momento tan crítico como el del inicio de la pandemia, donde se necesitaba una respuesta más que nunca, se observaran caídas en la atención y la seguridad de los ancianos?

La búsqueda de justicia

Las familias afectadas han interpuesto una demanda que podría ascender a 2,3 millones de euros, pero lo que realmente están buscando es justicia. No se trata solo del dinero, sino de la responsabilidad de un sistema que tiene la obligación de cuidar y proteger a sus ciudadanos más vulnerables. Las declaraciones de los médicos que atendieron a los ancianos también fueron escalofriantes. Ancianos que fallecieron en sus habitaciones sin la atención necesaria, evidencian una realidad que es inaceptable.

Es esencial reconocer la labor de quienes intentaron llevar atención a estos ancianos, como el jefe de la Unidad de Hospitalización Domiciliaria, quien se vio acosado por las condiciones inhumanas en las que se encontraron muchos de estos residentes. Con lágrimas en los ojos, él también fue testigo de cómo la falta de atención se convirtió en un inminente ciclo de sufrimiento. La pregunta que queda es: ¿cómo permitimos que esto suceda?

En defensa de la vida

La defensa de Quavitae sostiene que no se ha demostrado negligencia en cuanto a la elevada tasa de mortalidad. Sin embargo, el contexto es clave. Las condiciones de vida en la residencia eran precarias, un reflejo de una atención desbordada y un sistema que ha estado en crisis durante años. La política de salud pública es un tejido frágil que, en situaciones extremas, puede revelarse extremadamente vulnerable, causando estragos entre quienes más necesitan cuidados.

El sistema sanitario no solo debe sostener a los que están en plena salud, sino también cuidar a quienes han vivido una vida plena y ahora dependen de una atención digna y compasiva. ¿Estamos dispuestos a mirar hacia otro lado mientras nuestros mayores sufren, solo porque «no es un problema nuestro»? La responsabilidad de la sociedad en su conjunto es esencial en estas discusiones.

Reflexionando sobre el futuro

Como sociedad, es crucial que aprendamos de estos errores. Las residencias de ancianos deben ser un lugar de bienestar, y hay que garantizar que tengan el personal calificado y suficiente para atender a todos los residentes. Como una madre que protege a su hijo, debemos cuidar a quienes han contribuido a esta sociedad durante su vida, brindándoles una vida digna en sus últimos años.

La conversación sobre la atención comprometida durante la pandemia va más allá de este caso en particular. Se trata de un llamado a la acción para que tanto los familiares como las instituciones empiecen a plantear una revisión crítica del sistema. No podemos simplemente seguir adelante, pensando que fue un mal sueño.

La búsqueda de justicia es un paso hacia adelante, pero los cambios en las políticas y la forma en que se gestiona la atención de nuestros ancianos es igualmente importante. Después de todo, ¿quién no quiere que aquellos que tanto han dado por nosotros sean tratados con respeto y dignidad? La pandemia nos ha enseñado muchas lecciones duras, y es nuestro deber como sociedad no olvidarlas.

Conclusión: un llamado a la acción

La historia de Concepción Monfort y su padre Rafael es solo una de muchas y debe servir de recordatorio de lo que está en juego. La atención en las residencias y la dignidad que se debe brindar a nuestros mayores no debe ser una opción; debe ser un derecho. La lucha ha comenzado, pero no debe terminar aquí.

Como ciudadanos, debemos seguir apoyando a quienes están luchando por la justicia y el cambio. La dignidad de nuestros mayores debe ser una prioridad, y no una cuestión de discusión. Aprendamos de este doloroso capítulo y trabajemos por un futuro donde la atención a nuestros ancianos sea una cuestión de respeto, no solo de dinero. ¿Qué necesitas hacer tú para asegurarte de que esto nunca vuelva a suceder? ¡La respuesta está en tus manos!