En la última década, la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un concepto abstracto reservado para la ciencia ficción y se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana. Desde asistentes virtuales en nuestros teléfonos hasta algoritmos que nos sugieren qué series ver o qué productos comprar, estamos rodeados de estas tecnologías. Pero, a medida que la IA avanza, surgen preguntas inquietantes: ¿realmente estamos creando algo nuevo o simplemente estamos reciclando lo viejo?
La respuesta a esta cuestión puede abarcar diferentes dimensiones, desde la creativa hasta la ética. Y, aunque podría parecer que nos hemos adentrado en un futuro brillante, hay matices que deberíamos considerar. Así que, ¡prepárense para un viaje fascinante a través del laberinto de la inteligencia artificial y su impacto en el contenido que consumimos!
La premisa de la inteligencia artificial
Volvamos por un momento a los años ochenta, cuando el futurólogo Hans Moravec nos advertía que las tareas más simples para los humanos representarían grandes desafíos para los ordenadores. ¿Alguna vez has intentado enseñarle a tu perro un truco y acabas siendo tú quien se rinde? ¡Admitámoslo! Sostener un trozo de sushi con palillos puede parecerlo, pero probablemente muchas de nuestras máquinas aún lo ven como un enigma.
A medida que la tecnología ha avanzado, estas máquinas han aprendido a realizar tareas complejas que van desde diagnosticar enfermedades hasta crear música. Sin embargo, en este mundo rodeado de innovación, la confusión es evidente. Muchos de nosotros tendemos a usar el término «IA» de forma indiscriminada. Según Justin Joque, profesor en la Universidad de Michigan, quizás deberíamos considerar el término aprendizaje automático, que es más específico y menos espectacular, aunque no por ello menos fascinante.
La dualidad del aprendizaje automático
La IA, o como preferimos llamarla, el aprendizaje automático, también tiene un lado que podría dar miedo. Cuando los algoritmos se encargan de analizar nuestros comportamientos y preferencias, se vuelven más astutos en la generación de contenido. Imagina tener un amigo que sabe exactamente qué quieres ver, leer o comprar. Suena genial, ¿verdad? Pero, ¿y si ese amigo solo te muestra una y otra vez las mismas cosas en lugar de ampliar tus horizontes?
Cuando hablamos de algoritmos, se nos presenta un juego complicado. Por un lado, son excelentes en la personalización; por otro, como nos recuerda Celsa Pardo-Araujo, matemática e investigadora, tienen la tendencia a reproducir sesgos que reflejan lo que la gente ya consume. Ahí está el dilema: estamos alimentando un ciclo en el que se recuerda mucho lo que ya ha sido popularizado. En vez de crear un repertorio diverso, muchos algoritmos fomentan un ambiente en el que todo se asemeja al meme más viral de la temporada.
La receta del contenido viral
Hablando de memes virales, ¿te has preguntado alguna vez cómo algunos artistas crean sus obras con la intención de hacerse virales? Sí, esa es la triste realidad en la que vivimos: producimos contenido pensando en el algoritmo y no en la creatividad. La sociedad de consumo ha sido invadida por un temido fenómeno: el llamado aplanamiento cultural. Esto, como señala Kyle Chayka en su ensayo Mundofiltro, ocurre cuando los artistas y creadores de contenido siguen un molde predeterminado, dando como resultado obras que se parecen entre sí.
Puede que te suene familiar: ¿cuántas cafeterías has visto en tu ciudad que parecen una copia de otra? Lo mismo ocurre con la música y donde muchos artistas buscan fórmulas seguras basadas en algoritmos que han demostrado ser efectivas. Como bien dice Luis Demano, ilustrador que ha criticado el uso excesivo de la IA generativa en sus trabajos, «el algoritmo recompensa aquellas representaciones que ya han tenido éxito». Es un poco como decir que en el mundo del arte, si no sigues la tendencia, podrías quedarte atrás. ¡Es casi como si estuvieras compitiendo para ver quién puede hacer la mejor versión de una versión anterior!
Ese dilema entre originalidad y negocio
Ahora, cuando se nos presenta el dilema de la originalidad vs. negocio, es fácil caer en la trampa de culpar a los algoritmos. Sin embargo, la verdad es que estas máquinas no son inherentemente malvadas; simplemente están aquí para hacer lo que se les enseña. Si la premisa es vender más y captar nuestra atención, el contenido que más choca, no el que mejor resuena, es lo que dominará.
Si piensas en ello, esto suena sospechosamente familiar. ¿Alguna vez has visto un programa de televisión en horario estelar que parece cumplir con todos los clichés? ¿Te suena de algo? Los programas no solo buscan tu atención, también quieren que hables de ellos y que los recomiendes. El funcionamiento del algoritmo en este aspecto es muy similar: busca el contenido que sea más accesible y adictivo.
De la misma manera que una pizza congelada nunca puede compararse con la deliciosa experiencia de una auténtica pizza napolitana, el contenido generado en masa puede carecer de la chispa que viene de la creatividad humana. La originalidad se nutre de experiencias, emociones y la riqueza del contexto en el que se crea algo.
El impacto social de los algoritmos
Desgraciadamente, lo que ocurre con estos algoritmos va más allá de la cuestión artística. Si analizamos lo que está pasando detrás de la pantalla, se hace evidente que la recopilación de datos se utiliza para segmentar y atraer audiencias, haciendo que el contenido siga operando en una burbuja.
¿Qué pasa con las noticias? En un mundo lleno de fake news, los algoritmos tienden a amplificar contenido sensacionalista. Pardo-Araujo señala que, si bien la IA puede hacer recomendaciones basadas en los comportamientos de consumo, nunca completas esta naturaleza caótica de los humanos. Los sesgos que se incorporan a las máquinas son, a menudo, un reflejo de las mismas predisposiciones que llevamos dentro.
Imagínate, por un segundo, que la única música que escuchas se basa en tus hábitos de consumo en las plataformas de streaming. ¿Eliminaría eso la posibilidad de descubrir un género musical completamente nuevo o, peor aún, diferentes perspectivas culturales? Tal vez por eso, una de las peores experiencias que puedes vivir es cuando terminas con un “recomendador de contenido” que siempre te muestra lo que ya sabes que te gusta, sin dejar espacio para sorpresas.
Rompiendo el ciclo
Entonces, ¿cómo rompemos este ciclo? Por un lado, podríamos preguntarnos si alguna vez hemos puesto en duda lo que consumimos. Como uno de esos momentos incómodos cuando decides ver una película que todos dicen que es «increíble», solo para acabar preguntándote por qué tu tiempo se fue por la ventana. Lo primero que podríamos hacer es educarnos más sobre cómo funcionan los algoritmos y sus implicaciones en nuestra vida diaria. Esto significa asumir la responsabilidad de la información que consumimos y cuestionarnos lo que se nos ofrece.
Es fácil caer en la trampa de ver los algoritmos como el lado oscuro de la tecnología. Sin embargo, también tienen el potencial de enriquecer nuestras vidas y expandir nuestras perspectivas. Pero aquí está el secreto: no podemos permitir que sean nuestros únicos guías. Debemos aprender a navegar estos entornos con conciencia y curiosidad.
La ética de la creación algorítmica
Por último, pero no menos importante, es fundamental considerar la ética detrás de la IA. Luis Demano hace hincapié en que muchas empresas tecnológicas roban obras protegidas por derechos de autor para entrenar sus modelos, lo cual plantea serias preguntas sobre la creación de contenido. ¿Es esto realmente justo? Los artistas que ven afectada su creación tienen una razón válida para estar en contra.
La originalidad en la creación es un tema delicado y se complica aún más cuando la IA se convierte en un intermediario. ¿Estamos dándole a las máquinas el poder de decidir qué es relevante y qué no en nuestro mundo?
Como dice el filósofo Justin Joque, cada proceso de creación artística es diferente en función de su contexto. Si todo se vuelve algorítmico, es posible que hayamos perdido de vista el porqué de la creación: la emoción, la conexión y el sentido de pertenencia. La creatividad no debería definirse únicamente por su capacidad para obtener “me gusta” o compartir contenido.
Conclusiones
Al final del día, la inteligencia artificial y el aprendizaje automático son herramientas poderosas que pueden ampliar nuestras capacidades, sí, pero también pueden limitar la originalidad. Enfrentamos un escenario donde podemos optar por sumergirnos en un océano de contenido reciclado o atrevernos a explorar nuevas experiencias. ¿Vas a atreverte a pasar más tiempo fuera de tu zona de confort?
Así que, la próxima vez que estés consumiendo contenido, pregunta: ¿Qué hay detrás de esta recomendación? ¿Es realmente algo que resonará conmigo o simplemente es algo más que alimenta el ciclo en el que estamos atrapados? Mantengamos el espíritu crítico y óptimo en este viaje hacia lo desconocido, no solo a través de nuestra pantalla, sino en todos los aspectos de nuestras vidas. ¡La aventura apenas comienza!