El 23 de septiembre de 2024 será una fecha que quedará grabada en la memoria de los amantes de la ópera en Madrid, no solo porque asistimos a la inauguración de la temporada del Teatro Real, sino porque el evento estuvo marcado por una obra que, aunque no sea uno de los títulos más conocidos, nos llevó a un mundo lleno de emociones y virtuosismo musical. Hablemos de Adriana Lecouvreur, la obra de Alfredo Cilea, que no tuvo reparos en recordarnos los altísimos estándares de la ópera italiana.
Un homenaje a grandes leyendas
Tuve la suerte de estar presente ese día en el Teatro Real, donde los majestuosos Reyes de España honraron el evento con su presencia. No tengo el placer de compartir el mismo escenario que ellos, pero debo confesar que sentir la atmósfera impregnada de elegancia y expectativa fue lo más parecido a haber estado en el cielo de las ceremonias reales. De repente, el corazón se me aceleró; no era solo la adrenalina del estreno, sino la emoción de recordar que José Carreras, uno de los grandes del bel canto, había interpretado esta misma obra hace 50 años junto a la inolvidable Montserrat Caballé.
¡Vaya responsabilidad! Si me sintiera un poco más valiente, tal vez me habría acercado a Carreras para pedirle un autógrafo en la entrada, pero, siendo honesto, no tengo esa valentía. La combinación de admiración y terror con la que lo hubiera hecho sería digna de una escena cómica en una telenovela. Pero hablemos de la obra, que es precisamente por lo que estamos aquí.
Contexto histórico de Adriana Lecouvreur
Adriana Lecouvreur, compuesta en 1902 por Alfredo Cilea, se sitúa entre los grandes títulos de una época dominada por Giacomo Puccini. Es curioso pensar que, a pesar de su calidad, esta obra se haya mantenido en un rincón algo olvidado del repertorio operístico. La historia se basa en la vida de una actriz francesa del siglo XVIII, Adriana Lecouvreur, cuya existencia es más fascinante que el propio libreto escrito por Arturo Collautti, que aunque intenta ofrecer drama e intriga, realmente juega en el ámbito de lo ficticio.
La pieza se convierte en un torbellino de amores y resentimientos, con un toque de misterio que incluye un asesinato. ¿Y cómo sucede esto? ¿Con un ramo de violetas envenenadas, por supuesto? ¿No lo creen un poco… dramático? Pero, dejando de lado el exceso de melodrama, la música de Cilea es, a su modo, más que cálida y nos abraza a cada nota.
Montaje: un viaje visual y auditivo
Hablemos un poco sobre el montaje. A cargo de David McVicar, podemos decir que la escenografía y el vestuario fueron auténticos protagonistas, mostrando un nivel de detalle y elegancia que nos transportó al siglo XVIII. El trabajo de Charles Edwards en la escenografía y Brigittte Reiffenstael en el vestuario crearon un viaje visual que era casi digno de compartir en Instagram —quizás lo haga la próxima vez que asista a la opera para presumir entre mis amigos de cultura.
McVicar decidió optar por una puesta en escena que no se adentrara en laberintos conceptuales, lo que permitió que la narrativa fuera clara y con una atmósfera rica, donde el espectador podía centrarse en el desarrollo dramático sin complicaciones adicionales. Era refrescante ver una visión que no aspirara a reinventar la rueda y, en cambio, se atenía a la esencia de la obra. No se pueden imaginar las redes sociales ardiendo si hubiera decidido hacer un “aderezo” contemporáneo; ¡los puristas de la ópera habrían salido a las calles!
La música: un festín de emociones
Ahora bien, si la parte visual era imponente, la parte musical simplemente fue de primera calidad. La dirección de orquesta estuvo en manos del renombrado Nicola Luisotti, un maestro cuyo toque es conocido y apreciado en el Teatro Real. Su dirección era como un abrazo acogedor que envolvía a cada intérprete, llevando a la Orquesta Sinfónica de Madrid y al magnífico coro que preparó José Luis Basso a ofrecer ejecuciones que hicieron vibrar las paredes del teatro.
Ermonela Jaho, quien interpretó el papel de Adriana, no solo se presentó, sino que se adueñó del escenario como si hubiera estado allí durante siglos. Desde el momento en que comenzó a cantar, su voz era como una poesía hecha música, desbordando emociones en cada nota. ¿No es acaso eso lo que buscamos en una interpretación operística? Su igualmente impresionante oponente en el escenario, Elina Garanca, realzó la experiencia, dando vida a una mezcla de competencia y camaradería que transitó con eficacia a través de la trama.
Por supuesto, no quiero dejar de mencionar a Brian Jadge y Nicola Alaimo, cuyos personajes añadieron capas de complejidad a esta exploración de los deseos humanos y los dilemas, como los malditos rostros que a veces vemos en un grupo de amigos. Todo el elenco brilló en cada acto, y el éxito fue palpable a través de las oleadas de aplausos que siguieron a cada aria y dúo.
El impacto del espectáculo en el público
Aunque no es un título de fácil digestión, el público parece haber disfrutado del espectáculo. En mi experiencia, la ópera puede ser un terreno complicado; a veces llegamos con expectativas altas, solo para salir preguntándonos si era realmente necesario un intermedio tan largo. Pero en este caso, Adriana Lecouvreur sirvió a los asistentes con una combinación de música accesible y emociones palpables que, si bien es cierto que un exceso de metraje puede hacer que nos sintamos un poco cansados, al final parece que todos habíamos estado en el mismo barco.
Me acuerdo de aquel crítico que, tras asistir a una función, comentó que para él, cada larga performance de ópera era como un largo cruce en barco: si el barco es bueno y el paisaje hermoso, el viaje se hace placentero. ¿No resonará esto en ustedes, amados navegantes de la vida?
Conclusión: el éxito merecido
Cuando todo terminó, el aire en el teatro estaba cargado de una mezcla de satisfacción y reflexión. Los aplausos no tardaron en estallar, seguidos de los típicos gritos de “¡bravo!” y “¡bis!”. Está claro que la presentación no solo se mereció la ovación, sino que también dejó una huella en nuestros corazones. Esos momentos de conexión nos recuerdan que, a pesar de nuestras diferencias, todos podemos unirnos en la apreciación de la belleza en el arte.
Así que, mientras reflexionamos sobre esta experiencia, no puedo evitar preguntarme: ¿qué nos deparará la próxima temporada en el Teatro Real? ¿Seguirán celebrando a los grandes o se atreverán a explorar nuevas historias que desafíen nuestra percepción de la ópera? Estaré allí para averiguarlo y espero que ustedes también lo hagan. ¡Nos vemos en la próxima función!
Al fin y al cabo, hay una delgada línea entre asistir a una actuación y vivirla; y en ese viaje mágico, siempre hay espacio para disfrutar y reír junto a amigos. Hasta la próxima, amantes de la ópera. ¡Brindemos por el arte y el buen vivir!