Boris Vasilievich Spassky, el décimo campeón del mundo de ajedrez, nos dejó este jueves a la edad de 88 años. Si preguntas a cualquier aficionado al ajedrez sobre su legado, lo más probable es que recuerden su famosa derrota de 1972 frente a Bobby Fischer en Reikiavik, una partida que trasciende el tablero y se convierte en un hito de la Guerra Fría. Pero, ¿qué hay de la vida en el tablero que vivió antes de ese dramático enfrentamiento, y qué lecciones podemos aprender de su historia?

Como alguien que ha pasado incontables horas intentando entender la lógica detrás de un gambito o un enroque, no puedo evitar sentir una profunda admiración por las figuras icónicas del ajedrez. Durante un encuentro que tuve con un antiguo aficionado al ajedrez en una cafetería de Madrid, no pude evitar una risita cuando me contó que había una vez jugado una partida con Spassky. “¡No puedo decir que gané porque definitivamente no lo hice, pero al menos hice tablas! Aunque, debo decir, no entiendo cómo lo logré, él debió subestimar mis movimientos”. La modestia del ajedrez, ¿verdad? Pero volviendo a Spassky, su vida y su legado son una historia imprescindible.

La temprana maestría de Boris

Imagina a un niño de cinco años en medio de la evacuación de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial. Ese niño sería Boris Spassky, aprendiendo a jugar ajedrez en un contexto de incertidumbre y caos. A menudo, nuestras experiencias más difíciles forjan nuestros destinos, y en su caso, la adversidad se convirtió en un trampolín hacia la grandeza.

A los diez años, Spassky se encontró jugando simultáneamente contra el campeón mundial, Mijaíl Botvinnik. ¿Pueden imaginar la presión? Un niño, frente a un gigante del ajedrez, y saliendo victorioso. Definitivamente, ese fue un momento que definió su trayectoria, como una jugada magistral ejecutada con precisión. Desde ahí, su camino fue uno de constantes ascensos: campeón del mundo juvenil, jugador en torneos de candidatos, y finalmente, aclamado por conquistar el título mundial en 1969 contra el formidable Tigran Petrosian.

Un campeón impredecible

Spassky era un jugador que combinaba elegancia y astucia en su juego. Se le consideraba un «jugador universal», capaz de adaptarse a cualquier estilo de juego. ¿No es cierto que a veces sentimos que la vida es un poco como una partida de ajedrez? A veces ganas y, a veces, el rey termina tirado en el tablero. Pero, dejemos que la historia continúe…

Tras coronarse campeón del mundo, lo que más nos llama la atención —y posiblemente a Spassky también— es su naturaleza humana. Boris, a menudo retratado como un «gran oso ruso», confesaba que la pereza lo vencía a veces. ¡Vaya! Me pregunto cuántos de nosotros nos encontramos en esa situación, ya sea evitando ir al gimnasio o procrastinando hasta el último minuto. “No creo que Capablanca, Alekhine o Lasker hayan sufrido este problema”, decía Spassky, dejando claro que incluso los gigantes del ajedrez tenían sus momentos de duda.

El duelo del siglo: Spassky vs. Fischer

Hablemos de 1972, el momento cúspide de su carrera. La partida entre Boris Spassky y Bobby Fischer no solo fue un duelo de ajedrez, sino un evento cultural que capturó la atención del mundo. La inteligencia, la estrategia y la presión geopolítica envolvían cada movimiento. En este punto, la historia se vuelve un thriller. Mientras Spassky se preparaba para cada partida con su usual actitud serena, Fischer a menudo llegaba tarde, arrastrando consigo un despliegue de drama que haría sonrojar a cualquier estrella de Hollywood.

Recuerdo cómo un amigo me narró su versión de ese duelo, comparándolo a una película de espías: «Imagina a Kissinger y Brezniev moviendo peones de un lado a otro, mientras el mundo observaba, ¿quién hubiera pensado que el ajedrez podría ser verdaderamente un asunto de estado?». Era, sin duda, una inversión del tiempo, siendo el ajedrez un juego que no siempre es considerado tan emocionante.

Bobby Fischer, que había sido considerado un prodigio por derecho propio, estaba dispuesto a aceptar un gran desafío, uno que lo empujaría al límite. ¿Te imaginas estar en tal posición? Tu rival es un ex campeón del mundo, pero decides que es el momento de demostrar tu valía. El duelo terminó con Spassky perdiendo el título, pero con una dignidad que nunca se tambaleó. Se retiró diciendo que preferiría perder que obtener el título por medios dudosos, lo que, en un sentido, es una lección de honestidad eficaz: la verdadera grandeza no solo se mide por victorias en el tablero, sino también por tu carácter.

Las sombras del pasado

Después de ese famoso encuentro, la vida de Spassky tomó un camino diferente. Hubo un momento, memorable y sin duda cinematográfico, en 1992, cuando participó en un juego de revancha poco convencional. Jugó en la antigua Yugoslavia, un país también marcado por su propio conflicto. Fischer, ya una figura retirado del ajedrez, había ofrecido esta posibilidad, pero para Boris, el viaje tuvo un costo personal. Prefirió el reto de las fichas sobre permanecer atrapado en un juego de dudas.

A menudo, Spassky bromeaba sobre su relación con Fischer, afirmando que había más amistad que rivalidad entre ellos. La tensión que muchos podrían imaginar era, en esencia, un extraño respeto y camaradería que se forjó entre dos adversarios de la historia.

Retos tras el tablero

Contrario a lo que muchos podrían haber creído, la vida de Spassky no fue completamente iluminada por el brillo de sus victorias y títulos. Después de perder su título, se trasladó a Francia y siguió jugando, pero a menudo se encontraba atrapado en lo que pudo haber sido. En una entrevista, confesó que sentía que había fuerzas misteriosas que gobernaban sus movimientos. ¡Oh, cómo esto me recuerda a mis propias partidas de ajedrez en las que de forma inexplicable, la torre acaba atrapada en un hueco sin salida!

A pesar de esto, el amor por el ajedrez continuó. Su participación en varias Olimpiadas con la URSS y posteriormente con Francia lo llevó a ganar un impresionante número de medallas. Después de todo, es un sentimiento poderoso ver que tus esfuerzos se traducen en éxito, pero también es importante reconocer las fuerzas externas que pueden influir en nuestra trayectoria, tanto en el ajedrez como en la vida.

Una figura inolvidable

Cuando las últimas imágenes de Boris Spassky aparecieron en los medios, uno podía sentir que el tiempo había rizado su cabello y suavizado su mirada, convirtiéndolo en una figura casi irreconocible. En uno de sus viajes a España, me encontré con un grupo de aficionados al ajedrez que aún recordaban sus charlas y las divertidas anécdotas que compartía. Desde su famosa contestación a la pregunta de si prefería el sexo o el ajedrez, hasta sus filosóficas reflexiones sobre las fuerzas misteriosas que influyen en nuestras decisiones, Boris dejó su huella.

Las últimas lecciones de vida que nos deja son tantas como sus partidas: cada movimiento cuenta, cada decisión tiene su peso, y a menudo es el propio jugador quien de forma inesperada define el resultado, en el tablero y en la vida. Su legado, por tanto, no es solo sobre las victorias, sino sobre la forma en que decidió jugar su partida.

Así, en la memoria de Boris Spassky, el niño prodigio que se convirtió en uno de los más grandes campeones de ajedrez, queda la invitación a jugar con dignidad, a enfrentar nuestros desafíos —ya sean en forma de rivales en un tablero o en decisiones cruciales en la vida— y a nunca olvidar que siempre podemos encontrar algo de humor, incluso en los momentos más difíciles del juego.