En un mundo donde los acontecimientos globales pueden cambiar más rápido que la última temporada de nuestra serie favorita, la diplomacia se convierte en un tema tanto fascinante como frustrante. Es el arte de buscar la paz en medio del caos, las relaciones internacionales son como un juego de ajedrez con muchas piezas en movimiento y, a veces, movimientos que parecen completamente inesperados. Recientemente, el debate en el Congreso español sobre el conflicto en Oriente Próximo ha dejado entrever no solo la postura del Gobierno español, sino también las profundas divisiones políticas en el país.
Contexto de la situación: ¿qué está pasando realmente?
Cuando escuchamos a Carlos Floriano, el portavoz del Partido Popular (PP), hablar en el pleno sobre temas como Venezuela en lugar de concentrarse en la situación en Gaza, surge la pregunta: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Parece que el PP ha optado por un enfoque de “distracción” para desviar la atención de las críticas a su papel en el conflicto israelí-palestino. Ciertamente, hablar de Venezuela es como hacer un truco de magia en una fiesta: puede que a algunos les guste y a otros les resulte irrelevante. Pero, ¿realmente aporta algo a la conversación sobre cómo España debería manejar su diplomacia en el mundo?
Poco después de que Floriano sacara su as bajo la manga, la respuesta contundente llegó de José Manuel Albares, el Ministro de Exteriores. En un intento de reafirmar la posición del Gobierno español, enfatizó que… “ningún país ha hecho tanto como España para la paz en Oriente Medio”. ¿De verdad? En tiempos en los que los conflictos parecen haber estallado como palomitas en un microondas, es complicado creer que un solo país pueda tener el monopolio de la solución. Sin embargo, Albares defendió con pasión las políticas de ayuda y los esfuerzos diplomáticos de España, casi como un padre orgulloso que muestra las calificaciones de su hijo.
Cuestionando la diplomacia de las comisiones
Cuando los políticos empiezan a hablar de cosas como “diplomacia de las comisiones”, empezamos a escuchar términos que son tan intrigantes como se vuelven extraños. Floriano no dudó en enarbolar este concepto, sugiriendo que las gestiones en países como México y la República Dominicana han oscurecido el enfoque del Gobierno hacia asuntos cruciales como el conflicto en Gaza. ¿A quién le importa lo que ocurrió en el «caso Koldo» cuando estamos hablando de vidas humanas en juego? Es como si alguien trajera a la mesa una conversación sobre las últimas tendencias de la decoración del hogar mientras el resto se prepara para una maratón de “The Walking Dead”.
Pero, antes de que nos perdamos demasiado en los detalles, recordemos nuestra propia experiencia con la burocracia y las discusiones interminables que a menudo envuelven esos temas. ¿No nos ha pasado a todos alguna vez intentar hablar de un tema serio y ver cómo se desvía la conversación hacia algo completamente diferente? Es un poco desalentador. Así, el equilibrio de poder en la política española se refleja en los debates, donde cada partido busca arrojar luz sobre las debilidades del otro, mientras batallen ellos mismos con sus propias sombras.
Reconocimiento del Estado palestino: un dilema ético
La decisión de España de reconocer el Estado palestino ha suscitado un aluvión de reacciones. Mientras que más de 140 países han seguido este camino, el PP lo ha acusado de ser una «maniobra política» destinada a ganar rédito en las elecciones. En serio, ¿es esto lo que llamamos “especulación política”? Floriano argumenta que esta decisión fue meramente “una maniobra ante las elecciones europeas”, casi como si estuviera implicando que el Gobierno español estaría más interesado en las votaciones que en la vida de las personas.
Por otro lado, la postura de partidos como Podemos es igualmente crítica. Exigen acciones más concretas contra lo que califican de “genocidio”. La pregunta aquí es: ¿cuántos acuerdos diplomáticos más se necesitan antes de que se tomen decisiones significativas? Entre tanto debate, uno no puede evitar sentir una sensación de impotencia. Es como si cada año pasara, y las mismas promesas se repitieran como un eco en un cañón.
¿Es la posición de España realmente efectiva?
Para ser justos, las declaraciones vacías no son únicas de España. Baste recordar la escasa acción de otros países, incluidos algunos de los grandes poderes, que se limitan a expresar su «preocupación» mientras las violaciones a los derechos humanos continúan. Pero resulta un tanto irónico que mientras en algunos foros internacionales se pronuncian discursos sobre la paz, otros grupos dentro del mismo país se rasgan las vestiduras sobre la efectividad de ese mismo discurso.
El exsenador Pedro Agramunt fue mencionado por Albares como un ejemplo de cómo el PP se ha visto involucrado en controversias por corrupción. Y, honestamente, ¿quién no recuerda esas historias de corrupción que son más entretenidas que cualquier novela? Es frustrante escuchar estas historias cuando estamos hablando de temas de vida o muerte. En medio de todo esto, ¿quién tiene la última palabra sobre lo que realmente está sucediendo en la región? Las cifras de muertes, los desplazamientos forzados, son testigos mudos de la inacción.
La responsabilidad de los actores internacionales
Los líderes políticos intercambian acusaciones como en un programa de telerrealidad. Mientras eso ocurre, las víctimas continúan sufriendo las consecuencias de un conflicto que parece no tener fin. La responsabilidad recae no solo en el Gobierno español, sino en todos los actores internacionales que tienen voz y voto en este conflicto. ¿Es posible que verdaderamente quieran encontrar una solución, o simplemente están contentos participando en un juego de palabras?
Los actores internacionales han dado la espalda a las soluciones, y la situación parece más difícil que encontrar una aguja en un pajar. La UE, por ejemplo, ha sido tildada de ser irrelevante en este conflicto. La crítica no faltó. La pregunta que nos queda es: ¿qué opciones hay ahora para buscar un camino hacia la paz? Albares menciona que «España no vende armas a Israel»; sin embargo, la falta de un embargo total plantea preguntas incómodas sobre qué tan comprometidos están los países en la búsqueda de soluciones.
Un futuro incierto: ¿y ahora qué?
Cuando el diputado de ERC, Jordi Salvador, interpeló sobre el futuro y el legado que le dejamos a nuestros hijos, todos tuvimos un momento de reflexión. Estos momentos de honestidad profunda atraviesan el ruido de la política. Nadie quiere dejar un mundo más conflictivo para los que vienen, pero las decisiones tomadas hoy seguirán resonando en el futuro. Entonces nos enfrentamos a un dilema: ¿seremos simplemente espectadores más del ciclo de la violencia o desempeñaremos un papel activo en la búsqueda de la paz?
Marta Madrenas Mir, diputada de Junts, se pregunta qué pasos adicionales se necesitan más allá de reconocer el Estado palestino. La respuesta es aterradoramente simple: necesitamos un plan de acción que trascienda discursos vacíos… algo más realista que un viejo pacto de caballeros.
Conclusiones: el poder de la diplomacia
La diplomacia nunca es un juego fácil. No hay respuestas simples ni soluciones rápidas, y la política, con sus giros retorcidos y retóricos, a menudo se asemeja a una novela de intrigas. Sin embargo, ante la desolación y la tragedia que el conflicto ha dejado a su paso, todos tenemos la responsabilidad de exigir un camino hacia la paz.
Al final del día, es justo decir que lo que más necesitamos no es solo una postura firme desde el Gobierno español, sino una voluntad colectiva para actuar de manera coherente y compassionada. Necesitamos articular acciones prácticas que no sólo aborden las causas sino que promuevan un futuro donde la paz sea la norma y no la excepción.
La interconexión de nuestras decisiones no puede ser ignorada. Hoy, más que nunca, el mundo necesita una diplomacia que no solo busque soluciones a corto plazo, sino que también siembre las semillas para un futuro donde los conflictos sean parte de la historia, no de la realidad diaria. Así que seamos sinceros: ¿qué mundo queremos construir? Las respuestas no son fáciles, pero comenzar a hacer las preguntas es un buen primer paso.