A medida que nos acercamos a la conmemoración de la promulgación de la Constitución de 1978, es difícil no reflexionar sobre el legado de Franco y la manera en que su sombra sigue proyectándose sobre la sociedad española contemporánea. Para aquellos que piensan que la historia es solo un compendio de fechas y personajes, déjenme recordarles que la historia es, en realidad, nuestro precursor más profundo y, a menudo, el más infravalorado de nuestros miedos. Casi parece una tragedia griega: nuestros errores repetidos, nuestra incapacidad para aprender de ellos.

La peculiar fiesta de la impunidad

Recientemente, los medios reportaron la alarmante escena de manifestaciones en Madrid que hacían eco de la apología del fascismo. Para muchos, como yo, que hemos crecido escuchando las historias de nuestros abuelos sobre el horror y la represión de la dictadura, este espectáculo resulta en un trago amargo. Ver a grupos armados de bengalas y símbolos franquistas desfilando con aires de celebración debería hacernos reflexionar: ¿dónde estamos fallando?

Apenas hace dos semanas, las calles de Madrid fueron escenario de un evento que, más que una manifestación, parecía una reunión de “fans” del pasado, incluidos cánticos del “Cara al sol” y otros íconos del horror. ¿Pero de verdad sorprende? La Sociedad Española ha permitidos que estos eventos se normalicen. «La historia no se repite, pero a veces rima», decía Mark Twain. Aunque en esta ocasión, parece una sinfonía desafinada de violaciones de la Ley de Memoria Democrática, que, honestamente, se ha convertido en un mero adorno legislativo.

La ley que no se aplica

Imaginemos por un momento que la Ley de Memoria Democrática es como ese amigo que prometió apoyar tu nuevo negocio pero se perdió en una discusión sobre el menú del día. Ese es el estado de muchas de nuestras normas: ideals en el papel, pero una especie de fantasma en la práctica. Me pregunto, ¿por qué los jueces se hacen los distraídos ante la evidencia de estos símbolos que deberían ser erradicados? La impunidad parece estar de moda, ¿verdad?

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y su delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín Aguirre, tienen una tarea monumental ante ellos. Hace unos días, dirigí un escrito a Martín Aguirre, instándole a que actuara en nombre de la comunidad. Si tan solo nuestros políticos pudiera sentir un poco de la misma frustración que sentimos los ciudadanos. Aquí, en la calle, el recuerdo de la represión todavía se siente como una lija en la piel.

Cuando el pasado acecha al presente

Como historiadora, entiendo que los fantasmas del pasado no se disiparán con un simple eco de «nunca más». Los movimientos antifascistas deberían ser más que palabras vacías lanzadas al aire; deberían ser nuestra realidad. Cada vez que veo a estos grupos consagrados en el desprecio hacia los valores democráticos, me pregunto: ¿dónde está la justicia? ¿Es que la historia nos enseña para quedarnos en el mismo lugar eternamente?

Recientemente, se han registrado actos de vandalismo en diferentes barrios como Argüelles, donde se hicieron exhibiciones desafortunadas por parte de partidos como Noviembre Negro. Hace tiempo, disfrutaba jugando a “adivina quién llegó” con mis amigos mientras quedábamos en una cafetería. Hoy, en vez de camaradería, siento la necesidad de adivinar de quién debería tener cuidado al pasear por mi barrio. ¿Eso es progreso?

Pero aquí viene el dilema: este fenómeno no surge de la nada. Es el epílogo de una transición donde hubo demasiadas concesiones a quienes, en lugar de confrontar, optaron por minimizar y «perdonar» al franquismo. ¿Debería, pues, la historia hacer un homenaje al silencio y a la complacencia?

Los herederos de Franco

¿Quiénes son los herederos del franquismo? A menudo, una de las imágenes más impactantes es la de un Juan Carlos de Borbón que, bajo el manto de la democracia, ha logrado emerger como un símbolo de estabilidad. Pero, ¿acaso se le debe alguna clase de homenaje por haber «mantenido todo como estaba»? Hemos visto cómo las élites del régimen franquista se han aferrado a su influencia, incluso cientos de años después de haber sido desmantelado oficialmente.

La Fundación Francisco Franco aún existe, y aunque se han iniciado los trámites para su extinción, su legado sigue vivo en la mente de muchos. Durante años, ha sido como un juego del gato y el ratón, donde la ley no aplica como debería y los símbolos franquistas se pasean por la vida pública como si fueran parte del paisaje urbano. ¡Qué ironía! En un país que se enfrenta a su pasado, la cultura del silencio ha hecho de las suyas.

Reflexiones sobre la memoria democrática

Es urgente cuestionar cómo manejamos nuestra memoria histórica. Las instituciones educativas tienen la responsabilidad de enseñar sobre los riesgos de la ultraderecha. Me duele cuando leo que en las aulas se condenan los movimientos fascistas, pero bajo la luz del día, los jóvenes conviven con sus símbolos como si fueran decoraciones de fiesta. ¿Qué mensaje se está enviando?

Ahora, mirándome en el espejo del pasado, cabría preguntarse si también somos una versión más moderna de nuestros antepasados. Me imagino a aquellos que protestan con burlas y cusnchadas, pensando que son los «verdaderos españoles». ¿Dónde están los límites entre el patriotismo y la ideología más oscura de nuestro pasado?

No se trata solo de un problema de ruido en las calles; es una cuestión de dignidad y respeto. Las familias de las victimas del franquismo deben ver que su dolor es reconocido, no solo en leyes, sino en la práctica diaria. La democracia no puede ser un adorno; tiene que ser una práctica colectiva, donde la ley se aplica y los crímenes del pasado nunca se convierten en parte de la tradición nacional.

Hacia una sociedad más responsable

Es responsabilidad de todos exigir a nuestros gobernantes que actúen con firmeza. Nos han prometido una democracia, y es momento de que aquellos que la dirigen se comprometan a su defensa. No se puede ser tibio en un contexto donde los ojos del mundo están mirando. Ah, los tiempos de la lucha parecen haber regresado, disponibles para nosotros si no queremos seguir mirando hacia otro lado.

Preferiría ver a este país enfrentando su pasado, no en un estruendo de consagración, sino en un eco de justicia. Nos queda el desafío de aprender a abrazar nuestras historias, así como aprender a erradicar las sombras que a veces nos envuelven. La memoria debe convertirse en un poder transformador, no en una carga que arrastramos.

Conclusión: aprendamos a reescribir nuestra historia

Mientras celebramos los 49 años desde la muerte de Francisco Franco y nos preparamos para otra conmemoración de la Constitución, debemos recordar que siempre podemos elegir afectar el futuro. Aunque el proceso parece tedioso y lleno de dolor, es vital aceptar el peso de nuestra historia con gracia y determinación.

Es hora de que la sociedad española se levante, deje de ser un espectador pasivo ante las manifestaciones de odio y empiece a exigir cambios tangibles. La lucha no se limita a las calles; sucede en cada conversación que tenemos sobre nuestro pasado y en cada acción que tomamos para erigir un futuro más justo. Así que, ¿qué dices? Es hora de hacer campana por nuestra memoria. ¡A ver si así logramos ser los verdaderos protagonistas de nuestra historia!