Cuando hablamos de cine de terror, ¿qué imágenes acuden a nuestra mente? Tal vez una criatura desatada de las profundidades del inframundo o un asesino en serie, con un cuchillo en la mano y una sonrisa perturbadora. Sin embargo, la reciente obra de Veronika Franz y Severin Fiala, creadores de la impactante «Buenas noches, mamá», nos invita a una reflexión mucho más profunda sobre el miedo. En lugar de centrarse en lo sobrenatural, ellos eligen explorar los monstruos que habitan dentro de nosotros mismos. ¿No es esto, en muchos sentidos, más aterrador que cualquier susto?

La perturbadora sutileza del verdadero terror

Al entrar en la sala de cine donde se proyecta «El baño del diablo», la última colaboración de Franz y Fiala, no sabía qué esperar. Desde mi asiento, el aire parecía cargado de tensiones no resueltas. La película comienza su viaje en el siglo XVIII, donde las mujeres, en un contexto dominado por un férreo dogma religioso, eran presionadas socialmente a cumplir con expectativas insostenibles. Una atmósfera asfixiante no podía ser más evidente.

La narrativa gira en torno a mujeres que, en un intento desesperado por encontrar la redención y la absolución, contemplan la idea de un suicidio simbólico. Ellas saben que el verdadero horror no reside en un monstruo externo, sino en el peso aplastante de las expectativas sociales y religiosas. ¿Te has sentido alguna vez así, atrapado en un rol que no elegiste? La historia de estas mujeres resuena profundamente en tiempos modernos, donde muchas aún luchan por cumplir con un molde que no les pertenece.

Miedo a la imperfección: un mal contemporáneo

La profunda exploración de la película destaca la modernidad de sus personajes. Fiala menciona un caso en el que una mujer se esfuerza hasta el extremo por satisfacer las expectativas. Su historia, (y, por qué no, quizás tú o yo), se convierte en un crisol de ansiedad y depresión. Y es que, seamos sinceros, todos hemos sentido esa presión en algún momento. Quizás no llevemos un corsé, pero las cadenas invisibles de la sociedad son igualmente pesadas. ¿Quién no ha tenido un día en el que se siente atrapado, abrumado por lo que deberían ser y lo que han logrado?

En mi propia experiencia, puedo recordar un período de mi vida en el que estaba constantemente tratando de cumplir con lo que los demás esperaban de mí. Era como caminar por una cuerda floja, tambaleándome entre el miedo a fallar y el deseo de complacer. ¡Menuda forma de vivir! Quizá deberíamos entrar todos en una sesión de terapia grupal y reírnos de lo absurdo que puede ser eso.

El monstruo se alimenta del silencio

Franz y Fiala proponen que los verdaderos monstruos no son seres mitológicos, sino las tensiones sociales, los problemas de salud mental y las luchas internas que enfrentan muchas mujeres. En una entrevista, Franz afirma: “Los monstruos somos nosotros. Da igual la clase social, el lugar o el tiempo”. En este sentido, cada uno de nosotros carga con nuestras propias ansiedades y temores.

La forma en que la película se nutre de la realidad del sufrimiento femenino a través de la historia es notable. El suicidio de las mujeres que buscan un escape de su dolor resuena dolorosamente con la lucha contemporánea contra la depresión, en especial entre las mujeres. ¿Cuántas veces hemos escuchado en nuestras conversaciones diarias que la salud mental es un tema tabú? La luz que arroja esta película sobre estos argumentos resulta un acto de valentía tanto por parte de sus creadores como de los propios personajes que abren su alma al espectador.

La historia y sus fantasmas: una lección de empatía

Curiosamente, el horror de «El baño del diablo» no se manifiesta en sustos extremos. En su lugar, la película opta por un enfoque más sutil. A través de un rico subtexto, somos testigos de la angustia de una mujer atrapada en su propio matrimonio y la tormenta emocional que eso conlleva. Una vez más, ¿no hemos visto sus rostros en las noticias o incluso en nuestros círculos más cercanos? Su vulnerabilidad se eleva a una narrativa universal, dándonos la oportunidad de vernos reflejados en su sufrimiento.

Esta es una lección de empatía. No se trata solo de ver películas, sino de entender el mundo que nos rodea. Al explorar temas como la presión social, la enfermedad mental y la lucha por la aceptación, Franz y Fiala nos convierten en testigos, pero también en cómplices, de las historias que generalmente se quedan en las sombras. ¿No crees que todos podríamos aprender mucho al abrir nuestros ojos a estas realidades?

La religión como telón de fondo

Uno de los ejes clave de la película es la religión, que juega un papel crucial en la vida de las mujeres retratadas. A través de la narrativa, la culpa que genera el dogma se convierte en un antagonista silencioso. Mientras que algunos podrían considerar la religión como una fuente de consuelo, para muchas se convierte en un recordatorio constante de la imperfección. Es un dilema profundo y personal.

En el cine, y en la vida misma, la religión puede ser tanto una salvación como una condena. Lo que me parece fascinante es la capacidad de Franz y Fiala para presentar este tema con una sutileza notable. Una vez más, se parecen a esos amigos que todos necesitamos para hablar de los temas difíciles, pero que lo hacen de tal manera que, aunque a veces nos incomoden, nos ayuden a crecer.

Un diálogo necesario: cuestionar nuestros cimientos

A medida que nos adentramos en un mundo donde las expectativas son cada vez más vigentes, es esencial cuestionar nuestras creencias. ¿Acaso estamos realmente viviendo nuestra vida según nuestros deseos o simplemente estamos utilizando el mapa que otros han trazo? Sin duda, «El baño del diablo» nos invita a confabular nuestro propio camino.

La obra de Franz y Fiala plantea la oportunidad de comenzar un diálogo consigo mismos y con los demás sobre nuestras luchas internas. Hay un hermoso momento en la película en que una de las mujeres se enfrenta a su dolor y lo acepta como parte de su ser. Es un acto de coraje que nos deja atónitos. ¿Te imaginas poder hacer lo mismo en tu vida?

Conclusiones sobre nuestros propios monstruos

Mirando al pasado, es injusto reducir el cine de terror a un simple juego de sustos y criaturas decoradas con sangre. Como demuestra «El baño del diablo», el verdadero horror yace en nuestras tripas. La capacidad de mantener un espejo frente a la sociedad y reflejar lo que tememos realmente —nosotros mismos— es el verdadero arte. La próxima vez que te adentres en una sala de cine y te digan “esto es solo una película de terror”, recuerda que, en el fondo, hay más verdad de lo que parece.

Así que ahí lo tienes: una invitación a abrir tu mente y a dejar que el trabajo de estos creadores de contenido resuene en ti. Al final del día, seamos honestos, todos enfrentamos nuestros propios demonios. Es hora de que hagamos las paces con ellos, ¿no crees?

Y ahora, antes de que salgas corriendo a brotar tus sentimientos, quiero recordarte que lo primero que debes hacer es encontrar un espacio seguro. Recuerda que no estás solo y que, a veces, el mejor enfoque es compartir estas historias oscuras para que, al final, podamos cambiar la narrativa.