En el verano de 1974, las calles de España estaban teñidas de tensión. Aunque aquellos últimos meses de vida del dictador Francisco Franco parecieran como un prolongado suspiro, lo que realmente estaba en juego era mucho más que la salud de un hombre, era la lucha por el futuro de un país que deseaba desesperadamente renacer de sus cenizas. ¿Te imaginas estar en el ojo del huracán durante uno de los períodos más tumultuosos de la historia reciente de España? Permíteme llevarte en un viaje que entrelaza anécdotas personales, humor sutil y un análisis profundo sobre una transformación política que sigue resonando en la actualidad.

Primer acto: El inicio de la agonía de Franco

Con Franco como símbolo de una dictadura que se había perpetuado durante casi 40 años, el levantamiento de su mano, con el tragico telón de fondo de una tromboflebitis, fue simplemente el comienzo de una serie de eventos políticos que marcarían a España para siempre. Recuerdo que en esos días, cada conversación estaba impregnada por una mezcla de temor y esperanza. La dictadura no había sido amable con sus opositores; las voces disidentes habían sido silenciadas, a menudo con un garrote vil que quemaba en las memorias de aquellos que lo habían visto en acción.

El 9 de julio de 1974, cuando los médicos decidieron internar a Franco en el hospital, se desató un frenesí mediático. En aquel entonces, yo era un joven periodista en Cambio 16, una revista que había tomado la delantera en el cambio social y político del país. Mi vida giraba entre las tareas periodísticas y aquellas charlas que parecían más un juego de adivinanzas sobre cuándo, y cómo, se desmoronaría aquel régimen obsoleto. Por algún motivo (quizás por un exceso de responsabilidad o por puro entusiasmo juvenil), el día de la llamada de Manuel Velasco, mi director, me encontré vestido con mi mejor «outfit» de verano y en sándwich entre un grupo de militares formalmente activos. ¿Cómo podía un simple mortal, como yo, competir con sus condecoraciones?

Segundo acto: La chispa de la revolución

A lo largo de 1974, España vibraba con la agitación social y política. Unos días después de los acontecimientos en el hospital, las tensiones fueron creciendo, especialmente después de la ejecución del anarquista Salvador Puig Antich. Las manifestaciones, los paros laborales y los movimientos universitarios comenzaron a cobrar fuerza, mientras la dictadura intentaba mantener la calma con una mano de hierro. Era casi como ver un mal espectáculo de magia en donde todo estaba perfectamente ensayado, pero la ilusión estaba a punto de desvanecerse. ¿Cómo era posible que el pueblo soportara tal opresión y a la vez mostrara tanto fervor por los cambios? Una pregunta que aún hoy en día me deja reflexionando.

Con Franco enfrascado en su agonía, un nuevo escenario político emergía. El nombramiento de Carlos Arias Navarro como presidente del Gobierno fue un movimiento que, más que aportar claridad, sumó incertidumbres. Aquellos discursos que prometían aperturas y reformas políticas resultaron ser como globos de aire caliente en un cielo nublado: volaban alto, pero al final se desinflaban sin cumplir su promesa. Recuerdo el día que cubrí su discurso inaugural, el «espíritu del 12 de febrero». Era un espectáculo tan ridículo que casi esperé que apareciera un payaso para amenizar. Nadie podía creer en la aminoración de la represión, ya que todos sabíamos que la realidad era otra muy diferente.

Tercer acto: La presión del cambio

No obstante, mientras las tensiones aumentaban, también lo hacía la presión en las filas franquistas. El famoso «gironazo» — una declaración de un exministro de Trabajo, José Antonio Girón, contra los liberales en el gobierno — fue como lanzar un garbanzo negro en un tentempié. Este acto no solo mostró la desesperación de algunos miembros del régimen, sino que también evidenció las fragmentaciones internas en un sistema que estaba desmoronándose bajo sus propias contradicciones. Pero, ¿realmente pensaban que podrían mantener el statu quo?

Durante esos meses, las luchas por el poder se volvieron palpables mientras la sociedad civil exigía su voz. En Cambio 16, hablábamos no solo de un cambio de guardia, sino de un cambio de era. ¿Cómo sería España si finalmente pudiese liberarse de las cadenas del franquismo? La idea era tan seductora como aterradora.

Cuarto acto: El desenlace y la transición

El 20 de noviembre de 1975 fue un día que muchos de nosotros esperábamos con ansias y también con un ligero sentimiento de culpabilidad. La muerte de Franco significó el fin de una era y el nacimiento de otra, aunque entre murmullos y algunos lamentos de aquellos fieles al régimen. En una oda a la ironía, una gran parte de la población se preparaba para celebrar, mientras que otros aún se aferraban a las sombras del pasado. En esos días, volví de urgencia a Madrid desde un festival de cine en Benalmádena. Un grupo de amigos y periodistas, que a menudo nos considerábamos un poco locos, discutíamos cómo un evento en la Costa del Sol podía cambiar el curso de la historia… y así fue. Nos encontrábamos en la trinchera de un nuevo mundo.

La transformación de España fue innegable y sorprendente. La llegada del rey Juan Carlos I como sucesor de Franco fue vista como un giro audaz. ¡Vaya sorpresa! Después de años de un único liderazgo autoritario, ahora teníamos a un joven monarca que representaba la modernidad y la esperanza. ¿Quién se lo hubiera imaginado?

Quinto acto: Reflexiones finales

La transición española es uno de esos fenómenos que son difíciles de encapsular en unas pocas palabras, porque su impacto se extiende más allá de la política. Cambió el caminado de una nación y mostró que la determinación colectiva, el anhelo de diálogo y la voluntad de cambio son poderosos motores de transformación. Personalmente, me he preguntado a menudo, ¿cómo se puede reconciliar una historia tan llena de dolor con un futuro esperanzador? Aún hoy, en tiempos de desafíos políticos y divisiones sociales, la historia de nuestra transición puede servir como un recordatorio de que la perseverancia siempre puede allanar el camino hacia la libertad.

En definitiva, la historia de Franco en España no es solo una crónica de opresión, sino también una celebración de la resistencia del pueblo. Y aunque a veces parezca que la historia se repite, siempre hay lugar para la esperanza y el cambio. Después de todo, quien no recuerda su historia está condenado a repetirla, pero también recordar que hay otra narrativa a seguir, una de luz, una de vida.

Así que la próxima vez que escuches el nombre de Franco, recuerda no solo su legado de dolor, sino también el viaje que llevamos como sociedad hacia un futuro en libertad. ¿No es eso, al final, lo que todos anhelamos?