En un mundo cada vez más polarizado y lleno de conflictos, la situación en Oriente Próximo ha cobrado una relevancia alarmante. ¿Quién no ha oído hablar de la compleja historia entre israelíes y palestinos? En este artículo, vamos a sumergirnos en las recientes declaraciones de Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea, quién, en un foro celebrado en Barcelona, hizo un llamado desesperado a la comunidad internacional para buscar soluciones diplomáticas ante el conflicto en Gaza. Pero, más allá de la política y la diplomacia, hablemos de la humanidad, porque al final del día, somos seres humanos tratando de entender por qué ocurren estas tragedias.
¿Es la guerra la única respuesta?
“La única solución puede llegar solo de la diplomacia”, dijo Borrell. ¿Quién podría estar en desacuerdo con eso? Sin embargo, después de décadas de violencia, ¿acaso no hemos llegado a pensar que el método militar se ha vuelto la respuesta predeterminada? A todos nos gusta culpar a los líderes políticos por no encontrar soluciones, como si fueran los villanos de una novela de acción. Pero, ¿no hay un poco de responsabilidad en cada uno de nosotros? Tal vez deberíamos preguntarnos si hemos olvidado cómo escuchar al otro, especialmente cuando las voces se levantan en medio del caos.
Recuerdo una discusión reciente con un amigo que es apasionado por la política. Estábamos hablando sobre cómo, en el fondo, todos queríamos lo mismo: paz y seguridad. Al final, terminamos riéndonos, porque aunque bromeamos sobre la posibilidad de que un unicornio apareciera y solucionara todo, la verdad es que a veces parece que necesitamos magia para que la gente se dé cuenta de que la guerra no es la respuesta. La diplomacia, por otro lado, requiere tiempo, paciencia y, a menudo, una buena dosis de empatía. ¿Puede ser que la buena voluntad haya salido de moda?
La impunidad y el ciclo de la violencia
En su intervención, Borrell se refirió a la “impunidad” como un obstáculo crítico. “¿Por qué [el primer ministro israelí Benjamín] Netanyahu debería detener la guerra en el Líbano, cuál es el costo de continuar? Ninguno”. Estas palabras resuenan, y no es difícil imaginarse una partida de ajedrez donde las piezas son seres humanos y los movimientos son direcciones de misiles. Pero, ¿qué pasaría si empezáramos a mirar el tablero desde otra perspectiva?
En mi juventud, pasé un verano en un taller de teatro donde se exploraba cómo las historias pueden afectar nuestra realidad. Una de las dinámicas que más me impactó consistía en mirar la historia desde el punto de vista del “villano”. A veces, las motivaciones de aquellos que parecen ser los “malos” están profundas y complicadas. ¿Podrían ser los “villanos” del presente simplemente productos de un ciclo de dolor y venganza? La impunidad, en este contexto, actúa como un veneno que se filtra lentamente a través de la sociedad, perpetuando el ciclo de odio.
La deshumanización: un enemigo silente
Un momento fuerte de la conferencia fue cuando Borrell preguntó: “¿Cuándo perdimos el sentido compartido de humanidad?” Me quedé pensando: ¿será que nos hemos acostumbrado tanto al sufrimiento ajeno que nos parece lejano y casi como una escena de una película? Tal vez la verdadera tragedia no es solo la guerra en Gaza, sino cómo hemos llegado a deshumanizar a quienes están allá.
Una anécdota que me viene a la mente es una conversación con un colega en un café hace un par de meses. Hablábamos sobre la cantidad de noticias trágicas que nos bombardean a diario, y cómo a menudo, después de un tiempo, comenzamos a dejar de sentir. Recuerdo que le dije: “Es como si nos pusieran un filtro en la empatía que nos impide ver a las personas como realmente son”. La deshumanización es insidiosa. Nos aleja de la realidad de que detrás de cada número, cada estadísticas, hay vidas humanas.
La solución de los dos estados: un camino incierto
Borrell también defendió la solución de los dos estados como un camino hacia la paz. Es una propuesta que, a simple vista, suena lógica. Pero, como muchos ideales, su implementación enfrenta una dura realidad. En un mundo donde los muros parecen más altos y las diferencias más profundas, ¿realmente creemos que se puede lograr un acuerdo?
Cuando era niño, me enseñaron que cada vez que los conflictos estallan, es bueno hacer un dibujo. Así, niño como era, pensaba que podría, de alguna manera, visualizar la paz. “Por favor, no más guerras, solo un espacio en el que se pueda jugar”, parecía pedir mi dibujo en sus líneas coloridas. Los niños suelen ver el mundo de manera más simple. Pero, del mismo modo, veo que el dilema entre un solo estado o dos está tan intrincado que decidir es tan complicado como tratar de convencer a un gato de hacer algo que no quiere.
Finalmente, ¿no deberíamos preguntarnos qué es lo que realmente queremos? La paz solo se puede dar en un terreno que sea cultivado en conjunto y no a través de la violencia o la opresión. De hecho, esto se asemeja bastante a mi última experiencia mientras intentaba mantener un pequeño jardín. Tenía algunas plantas que parecían competir más que crecer. Y, como resultado, florecían poco. Una solución como la de dos estados puede parecer fugaz, pero sigue siendo el intento en el que muchos esperan florecer.
La necesidad de un alto el fuego: ¿un sueño?
Josep Borrell ya ha señalado lo acuciante de la situación actual, describiéndola como la “crisis humanitaria más grave desde la Segunda Guerra Mundial”. Recuerdo cuando me enteré de la situación de los refugiados sirios, y cómo eso me impactó profundamente. Ver la humanidad en el sufrimiento de otros es el primer paso para comprender que somos mucho más que solo palabras y cifras.
Ahora, ¿qué podemos hacer nosotros, los simples mortales, ante un ciclo histórico imposible de romper? En muchas ocasiones, la respuesta me parece extremadamente sencilla: ser voz y no eco. Utilizar cada conversación, cada red social, cada acción de solidaridad como una forma de reiterar que la paz debería ser la única opción.
Conclusiones
Mientras reflexionamos sobre las palabras de Borrell y los duros desafíos que enfrenta la comunidad internacional, es hora de recordar que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino un estado donde se respeta la dignidad humana y se busca la justicia e igualdad. Como él mismo sugirió, “si no comparten la tierra, un pueblo matará al otro o lo echará”. Es un dilema donde caer en la trampa de la inacción podría ser devastador.
Al final, todos somos parte de esto, aunque sea a pequeña escala. Ya sea apoyando iniciativas locales de paz, hablando con amigos acerca de estos temas, o incluso simplemente promoviendo empatía en nuestras comunidades. Tal vez un día, al mirar hacia atrás, podamos decir que nuestra generación fue la que rompió el ciclo de la violencia. ¿No sería eso un hermoso legado?
Así que, querido lector, mientras cerramos este capítulo, te invito a reflexionar sobre estas preguntas: ¿qué harías tú en tu mundo para contribuir a la paz? Aunque a veces puede parecer un camino difícil, es uno que vale la pena recorrer. Al final, todos somos parte de la misma humanidad.