El pasado 29 de octubre de 2023 fue un día que muchos en Valencia seguramente recordararán no por el carácter festivo de Halloween que se aproxima, sino por el impacto devastador de una DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) que azotó la región. Ahora, mientras las aguas se retiran y las comunidades comienzan a recuperarse, las preguntas flotan en el aire como nubes de tormenta: ¿podían haberse hecho las cosas de manera diferente? ¿Se perdieron vidas y bienes por falta de comunicación y acción oportuna?
La cadena de eventos desafortunados
Carlos Mazón, presidente de la Generalitat Valenciana, se encontró en el centro de la tormenta (literalmente). En declaraciones a COPE, reveló que la Confederación Hidrográfica del Júcar desactivó hasta tres veces la alerta hidrológica justo el día en que se esperaba una lluvia torrencial. Imagínate en su lugar: estás en la oficina, quizás pendiente de las últimas tendencias en Twitter, cuando, de repente, la vida real decide darte una patada en el trasero. La AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) activó la alerta roja a las 7:30 de la mañana. Sin embargo, la Generalitat no envió una alerta móvil hasta las 20:11 horas. ¿Te parece un poco tarde? A mí también.
Las clases ya estaban canceladas en localidades como Utiel, pero la información no llegaba a tiempo a los ciudadanos que confiaban en que todo estaría bajo control. Al fin y al cabo, ¿no es ese el trabajo de las autoridades? Proteger y servir, como si fueran los superhéroes de la administración pública, en lugar de dejarnos a merced de una tormenta.
Desorganización y comunicación deficiente
Una de las cosas que saltan a la vista es la falta de sincronización entre las diferentes entidades. La Confederación Hidrográfica del Júcar emitió alertas de peligro, pero no coordinó su desactivación con suficiente claridad, resultando en un “todo está bien” cuando, de hecho, era lo contrario. Es como si en medio de una película de terror los personajes decidieran que no había peligro y siguieran explorando la casa embrujada.
Mazón, además, aseguró que la UME (Unidad Militar de Emergencias) fue activada solo porque las alertas no se desactivaron, lo que parece un juego infantil de ‘pasa la voz’ donde al final nadie sabe quién tiene el muñeco. Más de 80,000 coches se agolparon en las carreteras, lo que llevó a un caos sobre el que se necesitarian varias horas, y múltiples esfuerzos, para tratar de enviar ayuda.
Sin embargo, es fácil juzgar la situación desde la comodidad de mi hogar. Una parte de mí no puede evitar pensar en el estrés que estos funcionarios deben sentir bajo tales situaciones de presión. Pero hay un límite. ¿No deberían tener un plan de contingencia en un escenario como este? Y créeme, no me refiero solo a una hoja de papel con las palabras “¡Haz algo!”. Más bien, un enfoque matemático: si llueve más de 200 l/m², enviar un mensaje a la población debería ser tan automático como la alarma de mi despertador que siempre parece sonar en el momento más inoportuno.
Lecciones aprendidas y el futuro del manejo de emergencias
La realidad es que más de 3,000 hogares quedaron sin luz ni ayuda seis días después del desastre. Aparentemente, esa es la nueva normalidad, donde tener luz y agua en casa es un lujo y no un derecho. Este desastre ha puesto de manifiesto la necesidad urgente de una mejor infraestructura y de un manejo de emergencias más efectivo.
Lo inquietante es que Mazón admitió que podrían haber existido «errores operativos». Honestidad, sí, pero también muy irónico, ¿no? Imaginen a alguien que va a un examen de matemáticas y después dice: «Vaya, creo que podría haberme equivocado en unas cuantas respuestas». Bueno, eso es lo que todos tememos hacer en una situación así: esperar que un sistema funcione perfectamente cuando en realidad está hecho de humanos (y sabemos cómo somos).
Además, el presidente de la Generalitat mencionó que no fue invitado a una reunión sobre carreteras durante la cual no se tomaron decisiones sobre cierres, a pesar de que había una alerta roja en efecto. Este tipo de aparente falta de comunicación es un recordatorio de que probablemente necesitemos más que solo tecnología para resolver problemas; también necesitamos la voluntad de colaboración entre diferentes entidades.
La epidemia de tétanos y el riesgo sanitario
La dificultad no termina con el agua. A medida que las inundaciones retroceden, los temores aumentan sobre una posible epidemia de tétanos. Sí, como si no hubiéramos tenido ya suficiente que gestionar. Las vacunas se están empezando a administrar, pero esto plantea otra cuestión alarmante: ¿por qué debemos esperar hasta que el riesgo se convierte en una urgencia? Deberíamos estar tomando precauciones, no corriendo tras un tren que ya se ha ido.
Recuerdo una vez que, por ignorar una simple herida en el dedo, terminé en la sala de emergencias, esperando por una vacuna que debería haber tomado meses antes. Ahora imagina a miles de personas enfrentándose a una situación similar, mientras deambulan entre el barro y el caos. Espeluznante, ¿verdad?
Un llamado a la acción y la responsabilidad colectiva
Las escenas de Paiporta durante la visita de Mazón, los Reyes y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reflejan una sociedad fragil y en duelo. Las protestas no son simplemente un acto de rabia; son el grito de almas que han perdido mucho, que se sienten desprotegidas y abandonadas, y que merecen respuestas. Cuando un grupo de personas se siente constantemente ignorado, el resentimiento comienza a brotar, y eso puede llevar a malas decisiones y agitaciones en la comunidad.
Así que, ¿qué podemos hacer todos nosotros en este mar de desinformación y caos? La respuesta podría ser que es hora de levantar la voz y exigir un cambio. La responsabilidad no recae solo en las manos de nuestros líderes, sino también en la ciudadanía que debe estar alerta, educándose y buscando información veraz y fiable. Después de todo, si hay algo que podemos aprender de esta crisis es que el trabajo en conjunto y la comunicación no son solo herramientas para la gestión de emergencias, sino esenciales para construir comunidades resilientes en el futuro.
Conclusión: la tormenta siempre pasará, pero ¿qué dejamos atrás?
Eventualmente, la tormenta se disipa, las aguas regresan a su cauce y la vida retoma su curso. Pero las cicatrices, tanto visibles como invisibles, quedan. Las fallas en la comunicación y la falta de planes de emergencia adecuados son lecciones duras, pero necesarias. Ya lo decía mi abuela: «De los errores se aprende». Y espero que, en este caso, no sea un learning curve que tenga que pagarse de nuevo con vidas.
Es nuestra responsabilidad asegurarnos de que la próxima vez, si es que llega, no se repita este caos absoluto. Trabajemos juntos — ciudadanos y autoridades — para crear un sistema mejor que priorice la seguridad de todos. La historia ha demostrado que nadie está a salvo; entonces, ¿por qué seguir jugando con fuego? Al final del día, somos una comunidad. Así que, ¿qué es lo que estamos dispuestos a hacer para proteger a nuestra familia, amigos y vecinos en el futuro?