El 2023, un año que parecía ser el de la recuperación y la paz, se tornó en un recordatorio de la brutal fuerza de la naturaleza. El ciclón John, un huracán de categoría 3, tocó tierra en la costa de Guerrero, México. Y no es que los ciclones revelen sus planes con antelación, pero las anomalías climáticas y la cuenta regresiva con Pepsi no pudieron evitar que el daño ya estuviera hecho. La historia se repite y nos hace preguntarnos: ¿estamos realmente listos para enfrentar lo que la madre naturaleza nos lanza?
La llegada del ciclón John
Con vientos de 195 km/h y ráfagas que alcanzan los 220 km/h, John llegó a Guerrero a eso de las 21:30 hora local, el 25 de octubre de 2023. Para ustedes que no están familiarizados con el folclor de los huracanes, eso es como si un camión lleno de sandías fuera arrojado por un tornado. Y aunque uno podría pensar que se trata de un espectáculo de luces y sonido, la verdad es que el huracán dejó un panorama muy serio. Es fácil enamorarse de la idea romántica de correr bajo la lluvia, pero ¿quién pensaría que esa lluvia podría representar una amenaza mortal?
La historia nos dice que el ciclón John es el décimo de la temporada del Pacífico y el segundo que impacta el territorio mexicano. Este regreso cíclico de huracanes está lejos de ser un evento aislado; es un recordatorio de que la naturaleza tiene su propio sentido del tiempo y del humor. Aquí nos encontramos, un año después de que el huracán Otis asolara a Acapulco, con un nuevo protagonista que, a su modo, vino a repetir el guion.
De la lluviosa ocupación: lo que deja John a su paso
Los vaticinios del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) no dejaban lugar a dudas: lluvias extraordinarias que podrían superar los 250 mm en Oaxaca y Guerrero. Permítanme comentarles que en mi experiencia personal, he visto lluvias torrenciales en varias ocasiones, y cuando digo «torrenciales», quiero decir que ya no puedes distinguir si estás en un lago o en tu jardín.
Y no olvidemos mencionarlo: la circulación amplia de John no solo afecta las áreas costeras, como si fuera un espectador en primera fila. Los vientos también están generando oleajes de 5 a 7 metros en el occidente de Oaxaca, lo que es, en términos de surfistas, un paraíso y, en términos de seguridad, una catástrofe. Aun así, muchos parecen ignorar las advertencias y continúan desafiando las olas, como quien va a una fiesta de disfraces vestido de pingüino en pleno agosto… no es buena idea.
En este contexto, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se dirigió a la población, haciendo un llamado a mantenerse protegidos: “Lo más importante es la vida; lo material se repone”. Ciertamente, su mensaje es un recordatorio de que las posesiones son solo objetos, mientras que nuestras vidas son el verdadero tesoro.
Preparativos y evacuaciones: una combinación necesaria
Lo que muchos podrían considerar un simple “día de campo” se convirtió rápidamente en un escenario de emergencia. En Guerrero, Laura Velázquez, titular de Protección Civil, y la Gobernadora Evelyn Salgado, actuaron rápido. Desplegaron el Plan DN-III, un protocolo de respuesta ante desastres naturales, con la participación de las fuerzas armadas en municipios como Cuajinicuilapa y Copala.
Los 299 refugios habilitados fueron un acto de previsión. Si alguna vez han estado en un refugio, reconocerán que a veces son más un campamento improvisado que un hotel de cinco estrellas. Pero en momentos de crisis, el dicho «hogar es donde está el corazón» pierde su sentido; lo importante es encontrar un lugar seguro.
Sin embargo, la decisión de suspender clases en todos los niveles educativos también fue crucial. Creo que la primera vez que vi un huracán me sentí como si estuviera en una película de catástrofes. No hace falta ser un genio para saber que nada bueno saldría de un día de escuela al aire libre con vientos a 200 km/h.
¿Y qué pasa con el resto del país?
Mientras Guerrero lidiaba con John, otras regiones de México no estaban exentas de su impacto. La semana pasada, la tormenta Ileana azotó Sinaloa, pero dejó daños menores. Recuerdo que, en una conversación con amigos, hablamos sobre el clima. «No hay tormenta que no se lleve algo», dijo uno de ellos. Y es que, aunque algunas tormentas pueden ser más suaves, la verdad es que cada rincón del país tiene que estar preparado para lo peor.
El Atlántico tampoco se benefició de este clamor de calma, ya que huracanes como Beryl y la tormenta Chris dejaron un saldo blanco en julio. Sin embargo, la tormenta Alberto no fue tan amigable, llevando luto a Nuevo León en junio. Es una encrucijada interesante, cuando te preguntas si es el clima el que se descontrola o si somos nosotros quienes no estamos preparados.
En mayo, las autoridades mexicanas ya preveían hasta 41 ciclones con nombre en ambas costas. Y aunque muchos de nosotros podríamos encontrar entretenido llevar un diario sobre huracanes, no hay nada grato en perder lo que tenemos.
Reflexiones finales: ¿Estamos listos para el próximo ciclón?
La pregunta es: ¿qué aprendemos de todo esto? Tal vez no haya una respuesta clara, pero, desde mi experiencia, hay algunas lecciones que se destacan. La naturaleza no es algo que podemos predecir, y mucho menos controlar. Podemos, sin embargo, prepararnos, aprender a vivir en armonía con nuestros entornos y construir comunidades resilientes.
Cuando me encontré en medio de una tormenta en Michoacán, supe que no podía controlarla, pero podía aprender de ella. Después de todo, a veces, el poder de la naturaleza nos recuerda lo vulnerables que somos. Y aunque uno podría sentarse a llorar sobre las lluvias que arruinaron un buen día, lo importante es levantarse, secarse y seguir adelante.
Así que este ciclo de tormentas no debería ser un recordatorio de nuestra fragilidad, sino una invitación a fortalecer nuestros lazos, tanto con nuestros vecinos como con nuestro entorno. La próxima vez que escuchemos que viene un ciclón, guarden esas botellas de agua y no olviden llevar un libro. ¿Quién sabe? Tal vez se convierta en el próximo clásico que leeremos mientras la tormenta pase de largo.
El ciclón John ha aterrorizado y moldeado vidas, pero también nos ha enseñado. Al final, tomemos la advertencia con un tono de humor y una pizca de esperanza, porque, al fin y al cabo, siempre habrá un nuevo amanecer después de la tormenta.