La tradición es un concepto intrigante. Suena tan nostálgico, ¿verdad? Nos transporta a épocas pasadas, a festividades coloridas de nuestras abuelas y a nuestra infancia donde el mundo parecía más sencillo. Sin embargo, cuando la tradición se convierte en el eje de la cultura de una ciudad, como en Zaragoza, el asunto se complica un poco. En este artículo, voy a desmenuzar la situación cultural actual que enfrenta esta ciudad, guiada por la gestión de la alcaldesa Natalia Chueca, y cómo este enfoque nos hace cuestionar hasta qué punto la cultura puede ser un mero espectáculo.
La orquesta de la tradición en Zaragoza
¿Alguna vez has asistido a una celebración y te has dado cuenta de que todos parecen seguir un guion precocinado? Es como si estuvieran atrapados en un musical donde cada paso ya está coreografiado. Este es justo el ambiente que se puede percibir en Zaragoza bajo la mirada crítica de sus habitantes. La reciente ofrenda de frutos, donde la alcaldesa Chueca lució vestimentas inspiradas en siglos pasados, parece ser un claro ejemplo. Con sus trajes del siglo XIX y XVIII, se nos invita a admirar una tradición que, a menudo, sólo se presenta como un espectáculo superficial.
En ocasiones, es fácil dejarse llevar por el brillo y las luces de lo que se nos presenta. Pero, lo cierto es que, tras la pomposidad, surge la pregunta: ¿hasta qué punto estos eventos reflejan una cultura auténtica y viva?
Un relato construido, nada más
La alcaldesa de Zaragoza ha señalado su compromiso por la cultura, pero a medida que se despliega el espectáculo, emergen las sombras. Como si fueran las luces navideñas que decoran la ciudad pero no iluminan los rincones oscuros de la gestión. En un análisis muy crítico, se afirma que la tradición que se sostiene principalmente debido a la obsecuencia de ciertos relatos oficiales oculta su naturaleza construida. ¿Son, en efecto, estas tradiciones eternas, eternamente genuinas, o son simplemente fabricaciones de un discurso que busca legitimarse a través de la nostalgia?
Hay una idea que persiste: la tradición como un concepto inmutable, casi religioso. ¿Cuántas veces hemos escuchado que “siempre ha sido así”? Es esa repetición absoluta que desdibuja la posibilidad de cuestionar, de innovar y, sobre todo, de cambiar. En lugar de eso, la administración parece haberse contentado con un plano cultural que se asemeja más a una cáscara vacía que a un contenido vibrante y multiforme.
El claroscuro cultural de la ciudad
Parece como si hubiera un claroscuro que define la cultura de Zaragoza, con luces que brillan intensamente y oscuridades que amenazan con apagarse. Imagine esto: un festival cultural lleno de color y expectativa, pero detrás está la sombra de municipios cerrados, espacios culturales que desaparecen y una política que parece más interesada en llenar sus arcas que en nutrir la cultura local.
Recuerdo una vez que asistí a un festival local. La atmósfera era electrizante; sin embargo, al final del día, me quedé con una sensación de vacuidad. Había muchas luces, pero ¿dónde estaba el alma del evento?
Y es que la gestión cultural de Chueca ha sido criticada por su incapacidad para mantener y promover un tejido asociativo y comunitario robusto, mientras las actividades económicas privadas llenan el vacío dejado por lo que solía ser. Todo esto culmina en una serie de cierres y desmantelamientos de espacios culturales, dejando a la población hambrienta de cultura, aunque rodeada de luces brillantes y apariencias.
Etopia: un símbolo del desmantelamiento
Hablemos de Etopia, un espacio que era un hervidero de creatividad y cultura, y que ahora se ha transformado en un centro de convenciones que se asemeja más a un escaparate empresarial que un espacio artístico. ¡Vaya cambio! Este tipo de decisiones ponen de relieve una pregunta inquietante: ¿la cultura está siendo efectivamente absorbida por el mercado? Las actividades que antaño vibraban con vida parecen haber sido ahogadas en un mar de burocracia y privatización.
«Es que la vida en Zaragoza se ha convertido en un espectáculo», me decía un amigo mientras tomábamos café. «Solo que, al final, tenemos que pagar una entrada para disfrutarlo». Y tienes que pensarlo bien: antes, la cultura era una experiencia accesible a todos, ahora se ha transformado en algo que hay que pagar, un privilegio de los pocos.
Negociando el espacio cultural: ¿una cuestión de dinero?
Uno de los ejemplos más evidentes de este enfoque monetizado es la reciente privatización de espacios públicos y actividades culturales, desterrando a aquellos que no pueden pagar. En el reciente evento Luzir, se cobrará 15 euros por persona para disfrutar. Un parque público convertido en un recinto exclusivo para aquellos con un flujo económico saludable. Los que no pueden permitírselo tendrán que conformarse con una «magia plebeya».
Es aquí donde entramos en una espiral de preguntas: ¿qué pasa con aquellos que se ven excluidos de esta experiencia cultural? Porque, seamos honestos, la cultura debería ser parte de un derecho humano fundamental, no un lujo reservado a aquellos que pueden pagar.
El Bloque Cultural: una resistencia necesaria
En este contexto sombrío, se alza el Bloque Cultural, una plataforma que ha comenzado a organizarse y hacer frente a esta falta de consideración por la cultura en Zaragoza. Al reunirse y discutir qué acciones tomar pueden convertirse en una voz crítica contra la política cultural de Chueca y la privatización del arte. Como muchas organizaciones en todo el mundo, están intentando cultivar un sentido de comunidad y resistencia.
Quizás sea el momento de volver a preguntarnos: ¿qué significa ser parte de una comunidad cultural? Ir más allá de las meras festividades y festivales, hacia la construcción de una cultura que realmente refleje y valide a todos sus miembros.
La búsqueda de la autenticidad
Mientras tanto, la búsqueda de la autenticidad se consume en este mar de luces navideñas y espectáculos llamativos. Las celebraciones culturales se ven a menudo descritas como «falsas» o «artificiales». Las tradiciones están bien, pero el problema surge cuando se convierten en un símbolo de lo que la ciudad debería ser, en lugar de lo que realmente es.
Volviendo a nuestra alcaldesa, una ex directora de marketing, es fascinante cómo la política cultural parece más un despliegue de publicidad que un esfuerzo genuino por enriquecer la vida cultural de la ciudad. ¿Estamos hablando de cultura o simplemente de marketing?
La cultura se encuentra en la resistencia
En conclusión, la cultura en Zaragoza, como sucede en muchas ciudades, está en un punto de inflexión. Las luces pueden brillar, pero hay una sombra que amenaza con consumir la esencia misma de lo que significa ser parte de una comunidad. Los relatos y las celebraciones deben ser cuestionadas constantemente. No se trata de desmontar la tradición, sino de renovarla, de darle un lugar en un contexto contemporáneo donde cada voz importa.
Si la cultura se convierte en un espectáculo vacío, perderemos de vista lo que realmente representa. Así que, mientras disfrutamos de la magia de las luces y la tradición, es fundamental recordar que la cultura verdaderamente significativa es dialéctica, está en constante evolución y, sobre todo, es un esfuerzo colectivo. ¿Estamos dispuestos a ser parte de ese esfuerzo? Esa es, quizás, la pregunta más importante de todas.