La historia y la memoria son temas delicados, especialmente cuando se entrelazan con figuras controversiales, como Francisco Franco. En Tenerife, un monumento al dictador ha generado un intenso debate cultural y político, y recientemente, el Cabildo Insular ha decidido avanzar en el proceso para protegerlo. Pero, ¿qué implica esto realmente para la sociedad canaria y qué nos dice sobre nuestra relación con el pasado?
Un monumento que no quiere desaparecer
El Cabildo de Tenerife, bajo la dirección de Coalición Canaria y el PP, ha iniciado los trámites para declarar el monumento a Franco como Bien de Interés Cultural (BIC). Aunque puede parecer una noticia más entre tantas, es crucial entender las implicaciones de tal decisión. Esto se debe a que, tras una sentencia judicial, el Cabildo se ha visto obligado a actuar, cumpliendo así con un requerimiento que ha sido objeto de controversia.
En el Boletín Oficial de Canarias (BOC) del pasado viernes se expone que esta acción se toma en cumplimiento de una resolución judicial firme. Y aquí es donde la situación se torna paradójica: un parlamento moderno se encuentra atado a la decisión de proteger un símbolo de un régimen dictatorial. ¿Cómo logramos conciliar los deseos de una sociedad que busca avanzar con las cadenas que nos ata a un pasado oscuro?
Tras la decisión judicial
Volviendo a la sentencia del 28 de junio de 2024, que se volvió a poner en la mirada pública por el Cabildo. La jueza María Isabel Pardo Vivero Alsina falló a favor de la Asociación para la Investigación y Protección del Patrimonio San Miguel Arcángel, que había apelado a declarar el monumento como BIC. En la sentencia, se argumenta que hay suficientes indicios para proceder a incoar el expediente. Pero, como siempre, esto deja un sinfín de preguntas en el aire: ¿quién define qué constituye un bien cultural? ¿Por qué es relevante hoy en día preservar un símbolo tan divisivo?
Recordemos que esta no es la primera vez que se enfrenta a un embate judicial. En 2022, el Cabildo, entonces liderado por el PSOE, había determinado que la escultura carecía de «valores artísticos excepcionales». Mientras tanto, la asociación que ha luchado para proteger este monumento ha estado activa no solo en esta cuestión, sino también en la controversia del Catálogo de Vestigios Franquistas en Santa Cruz de Tenerife. ¿Estamos ante un ferviente deseo de preservación de un legado o una lucha por la reivindicación de la historia?
Las voces de los pro y los contra
A través de esta narrativa, al menos hay algo que queda claro: Tenerife ha sido testigo de una batalla ideológica que se calcula en décadas. Por un lado, tenemos a los defensores del monumento. Para ellos, representa una parte del patrimonio histórico español; una «tradición» que puede no ser popular, pero que son apasionadamente protegida. De hecho, que se defienda como una pieza de la historia artística da espacio para debates más amplios sobre qué debemos considerar arte.
Por otro lado, tenemos a los críticos, que sostienen que tal monumento debería ser desmantelado, o, en el mejor de los casos, resignificado. En un mundo donde el cambio climático ya está remodelando nuestras sociedades, ¿por qué no interrogamos los símbolos que nos acompañan? En lugar de ser meros vestigios del pasado, podrían ser herramientas para educar al presente sobre los errores que no debemos repetir.
Un momento de reflexión personal
Recuerdo una anécdota que viví en un viaje reciente a Alemania. Allí, visité un monumento dedicado a las víctimas del Holocausto en Berlín. Mientras paseaba entre las columnas, me confronté con una sensación de angustia, y a la vez, un sentido de respeto por el pasado. Esa estructura no solo servía como un recordatorio de los horrores pasados, sino también como una promesa de «nunca más». ¿Podría el monumento a Franco en Tenerife cumplir una función similar, incluso si es indeseado?
Esto plantea la interrogante: ¿es suficiente con preservar la historia, o debemos destruirla para poder vivir en un presente más saludable? Lo que sucede en Tenerife podría ser un microcosmos de debates similares en todo el mundo.
Un legado en disputa
Pero, por supuesto, no es sólo cuestión de arte o historia: es también política. El reciente movimiento del Cabildo tiene un trasfondo político innegable. La coalición gobernante ha optado por enfrentar la decisión judicial y, en última instancia, optar por mantener este símbolo en pie. Sin embargo, surge la pregunta: ¿es la búsqueda de un legado cultural más importante que la reconciliación con un pasado doloroso?
Por otro lado, se deben considerar las voces de los ciudadanos. La escultura de Juan de Ávalos se erige en el cruce de la Avenida de Anaga y la Rambla de Santa Cruz. La presencia de esta obra no solo afecta a la memoria cultural, sino también a las vivencias y emociones de las personas que caminan por allí a diario. ¿Qué sentimos cada vez que pasamos por una imagen que evoca un tiempo de represión y sufrimiento?
La responsabilidad del arte en el cambio social
La historia del arte nos recuerda que un objeto no es sólo eso: un mero objeto. Hay una carga emocional y simbólica. En el caso del monumento en cuestión, se vuelve un símbolo de la lucha entre distintas versiones de la historia, y de lo que creemos que merece estar presente en el espacio público. Aquí es donde la política, el arte y la memoria se entrelazan de forma compleja.
Toneladas de artefactos históricos han sido destruidos a lo largo del tiempo en un intento de «borrar» una parte de la historia inconveniente. También aquí, la pregunta persiste: ¿se puede cambiar el significado de una imagen manteniéndola a la vista? O, como algunos sostienen, se debería controlar el tipo de historia que se cuenta en lugares neurálgicos de la cultura pública.
Un cierre (o quizás no)
Hemos tocado muchos puntos a lo largo del artículo, pero una conclusión universal parece esquiva. La controversia en torno a este monumento en Tenerife es un espejo de tensiones más amplias que enfrentamos en la sociedad contemporánea. A medida que las comunidades luchan por reconciliarse con sus historias pasadas, hay que preguntarse: ¿qué significa realmente conservar ese legado? A veces me pregunto si la respuesta a la historia puede encontrarse en el diálogo y el cambio, en lugar de en la defensa acérrima de los vestigios del pasado.
Así que, la próxima vez que camines por Santa Cruz de Tenerife, quizás quieras reflexionar un poco más sobre la escultura a Franco. No solo es un monumento, sino también un recordatorio de que la memoria, así como la historia, es un campo de batalla. Después de todo, en un mundo donde los recuerdos se vuelven borrosos, es esencial que podamos dialogar hacia un futuro más empático y consciente. ¿No crees?