El Día de la Constitución en España, que se celebró recientemente, se convirtió en un evento en el que el contexto político actual contrasta fuertemente con las celebraciones de antaño. Lo que debería ser una jornada de homenaje y orgullo por la carta magna que rige la vida democrática del país, se transformó en un campo de batalla verbal. ¿Estamos presenciando el final de una era de estabilidad y unidad en la que la Constitución fue el marco del consenso?

El acto institucional, programado para ser un tributo a la vigencia de la ley fundamental, resultó ser un intercambio de reproches más que una celebración. Observando desde la distancia, no pude evitar pensar en la escena de una película en la que los protagonistas, que alguna vez fueron amigos, se vuelven en contra. Y es que, en una democracia, los desacuerdos son comunes, pero ver a un socio del Gobierno de Pedro Sánchez ausente en un evento simbólico levanta más que una ceja. ¿Qué le ha pasado a la unidad política en un país que ha pasado por tantas transformaciones?

La ausencia de los nacionalistas: un signo de los tiempos

Los socios nacionalistas del Gobierno no se presentaron a la ceremonia en el Congreso de los Diputados. Su decisión de mantenerse al margen no es algo trivial; es una declaración de intenciones. Imagine que en su cumpleaños, sus amigos más cercanos decidieran no asistir porque no están de acuerdo con la forma en que ha vivido su vida en el último año. Doloroso, ¿verdad?

Ione Belarra, de Podemos, a quien tuve la oportunidad de escuchar en una tertulia hace unos meses, instó a la necesidad de “inaugurar una república plurinacional”. Parece que la idea de una nueva Constitución ha capturado no solo la atención de Podemos, sino también su corazón. ¿Acaso no nos encontramos en un escenario donde la legitimidad de la ley fundamental se ve cuestionada por aquellos que deberían protegerla?

Las críticas a la Constitución del 78: ¿democracia anacrónica?

El tono de las declaraciones de Belarra y sus colegas de Sumar hizo eco de un sentimiento generalizado: la Constitución, tal como la conocemos, se siente desfasada. Afirman que «blinda la monarquía» y protege a las élites, entre otras injusticias. Es como si alguien te dijera que tus zapatos favoritos del año pasado ya no están de moda. La sensación de rechazo hacia algo que ha sido un pilar durante tanto tiempo se vuelve un dilema complejo. Esto me lleva a preguntarme: ¿cómo podemos reconciliar el respeto por la historia con la necesidad de evolucionar?

La presidenta del Congreso no ha sido menos efusiva, refiriéndose a la Constitución en pasado. ¿No es inquietante pensar que quizás el motor que ha mantenido el barco de la democracia a flote podría estar tomando agua? Los vientos de cambio son inevitables, pero no todos son bienvenidos.

Sánchez y la nueva narrativa constitucional

Y aquí es donde se complica la historia. Pedro Sánchez ha parecido alinearse con estos discursos, sugiriendo una necesaria «federalización de España». Podríamos decir que está a la moda, si no fuera porque esto tiene implicaciones serias. Mientras que algunos celebran la diversidad, otros ven un riesgo inaceptable de fragmentación.

Me viene a la mente una conversación que tuve el otro día con un amigo que es constitucionalista. Me decía que la mejor forma de proteger una Constitución es cumplirla. Pero, ¿qué sucede cuando el líder del Gobierno parece usarla como arma política contra la oposición? Al decir esto, no puedo evitar recordar a aquellos compañeros de clase que manipulaban las reglas del juego en el recreo para obtener ventaja, mientras el resto de nosotros éramos meros observadores de la injusticia.

El tema de la amnistía: una cuestión de principios

Uno de los puntos más controvertidos ha sido el uso de la amnistía. ¿Puede una amnistía realmente blindar el principio elemental de igualdad ante la ley? La pregunta resuena en mi mente. Si pensamos en la amnistía como una carta de perdón en el juego de la vida política, no todos están dispuestos a jugar con las mismas reglas. Algunos podrían argumentar que la amnistía es un gesto noble, una forma de promulgar la paz; otros la ven como un sacrificio de principios fundamentales.

Entre la defensa y el ataque: la independencia del Poder Judicial

Otro punto de fricción se ha presentado en el terreno del Poder Judicial. Sánchez se ha quejado del «acoso político, mediático y judicial» que dice estar sufriendo. ¿Todos somos jueces en esta película de la vida? La independencia del Poder Judicial es sagrada, ¿o solo un concepto ideal que suena bien en los discursos? Cuando un líder siente que es hostigado, puede ser tentador desatar un ataque contra las instituciones que deberían ser el bastión de la justicia.

En medio de estas críticas, la pregunta que surge es: ¿realmente estamos dispuestos a sacrificarnos por un ideal o preferimos adaptarnos a las circunstancias? Tener una Constitución que proteja nuestras libertades es vital, pero también lo es el sentido de responsabilidad de quienes la lideran.

La creciente necesidad de un nuevo diálogo: ¿quién tiene la razón?

A lo largo de este episodio, es evidente que las tensiones políticas están en su punto más alto. Como ciudadano, la cita del filósofo griego Heráclito me viene a la mente: “Lo único constante es el cambio”. Pero, ¿qué tipo de cambio queremos promover? ¿Un cambio que contribuya a la fragmentación o uno que fomente el diálogo y el entendimiento?

Vivimos en una sociedad donde los debates políticos son cada vez más intensos y polarizantes. En tiempos como estos, es importante recordar que, aunque los desacuerdos son naturales, el respeto mutuo debería ser la norma.

Conclusión: ¿hacia dónde nos dirige este camino?

Finalmente, reflexionando sobre todo esto, no puedo evitar sentirme atrapado entre el legado de una Constitución que ha servido de pilar y la necesidad de evolucionar. Los desafíos son múltiples y las respuestas no son sencillas. Quizás no tenemos todas las respuestas hoy, pero el hecho de plantear estas preguntas es un paso vital hacia el futuro.

Además, como en cualquier buena historia, la complejidad de los personajes políticos y las decisiones que toman en nombre de la ciudadanía son aspectos esenciales a considerar. En este escenario, la clave podría estar en abrir un diálogo genuino entre todas las partes, donde cada voz sea escuchada y donde la Constitución no sea un simple documento, sino un reflejo de quiénes somos como sociedad.

Finalmente, en este camino incierto hacia el futuro constitucional que muchos anhelan, solo hay un mensaje que me gustaría dejar: sentémonos a la mesa, salgamos de nuestras trincheras y empecemos a hablar. Porque al final del día, independientemente de nuestras diferencias políticas, todos compartimos el mismo hogar: España.