Recientemente, la política española se ha visto sacudida por un evento al que muchos le dieron un gran interés. La cumbre del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con los presidentes autonómicos fue anunciada como un momento clave para avanzar en cuestiones críticas que afectan a las comunidades autónomas. Sin embargo, a la luz de los acontecimientos, hay quienes cuestionan si realmente fue un éxito o simplemente un desastre encubierto. Vamos a desmenuzar lo que ocurrió, las reacciones y, quizás, un poco de humor para aligerar la carga.

El escenario del encuentro: una sala pequeña y muchas expectativas

Imagina una sala no mucho más grande que la cocina de tu abuela, con los presidentes autonómicos esperando a entrar. Justo antes, Sánchez tuvo unos momentos a solas con el Rey. ¿Te lo imaginas, una conversación profunda sobre la política actual, o quizás un debate sobre quién hace el mejor gazpacho? Quién sabe, pero luego los presidentes fueron recibidos en la sala donde una larga mesa estaba llena de carpetas, sí, ¡vacías! Era como si hubieran ido a una cena de gala pero olvidaron traer la comida.

Por parte del Gobierno, se calificó la reunión como un «éxito» por el ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, pero muchos asistentes no compartieron esa visión, señalando que las carpetas vacías eran una prueba clara de que no había nada sustancial que discutir. ¿No te parece irónico? ¿Un cónclave para discutir asuntos serios que termina siendo un desfile de generalidades?

Propuestas al viento: ¿promesas vacías?

La intervención de Sánchez estuvo marcada por una serie de propuestas que, como algunos presidentes autonómicos señalaron, parecían «vacías de contenido». Su intento de abordar asuntos económicos y sociales pareció más un discurso de un vendedor de humo que unas verdaderas soluciones. Propuso, entre otros temas, convocar el Consejo de Política Fiscal y Financiera para el próximo enero. Pero, ojo, esto llegó con trampa.

El problema no era la convocatoria en sí, sino que muchos presidentes, especialmente del PP, sentían que lo importante —un nuevo modelo de financiación autonómica— se había dejado de lado. La jugada de Sánchez parecía más un intento de separar a los presentes en lugar de unirlos. Es como si estuviese en una fiesta, ofreciéndoles bebidas pero olvidando que todos tenían sed de soluciones reales.

Comenzando a apuntar con el dedo

El discurso de Ángela Díaz Ayuso, la presidenta de Madrid, se destacó al sugerir que, si se debía perdonar deudas, debería hacerse con la de Valencia, la cual había sido golpeada por una reciente dana. La propuesta resultó en un intercambio acalorado que reflejó tensiones entre las comunidades. En lugar de construir puentes, muchos se sintieron más como si estuvieran construyendo muros.

El vicepresidente de Melilla intentó hablar sobre su situación, pero fue cortado abruptamente por Sánchez, quien tenía claro que esos diez minutos tenían que respetarse, como si estos eran los últimos minutos de una maratón donde había que poner todo el esfuerzo.

Caras largas y palabras vacías

Una vez terminado el turno de Sánchez, vino el golpeteo en la mesa. Los presidentes territoriales comenzaron a intervenir, cada uno con su propia narrativa. A medida que el tiempo pasaba, algunos comenzaron a sentir que su mensaje estaba cayendo en oídos sordos o, peor aún, en rostros desinteresados. Al fin y al cabo, ¿no deberíamos todos tener una especie de ficha que indique cuánto tiempo se tiene en el micrófono, como en un programa de televisión?

La respuesta de Sánchez a las inquietudes planteadas fue tibia y careció de un compromiso real. Al final de la reunión, las balas de papel volaron por la sala en forma de quejas y críticas. «No se comprometió a nada», expresaron los barones autonómicos, y algunos comenzaron a ver que los problemas que trajeron eran, en realidad, muy parecidos a un déjà vu.

En torno a la palabra de «bilateralidad»

¿Qué es eso de la bilateralidad multilateral? Parece que estamos en una clase de matemáticas en lugar de estar discutiendo sobre las necesidades de nuestras comunidades. Muchos se preguntaban lo mismo: ¿es más complicado llegar a acuerdos en la política española que resolver un cubo Rubik? Sin duda, la respuesta podría ser afirmativa.

Los líderes regionales como Juanma Moreno, de Andalucía, se expresaron sobre este aspecto, preocupados por la «bilateralidad de unos españoles sobre otros». Tal vez no deberían estar tan preocupados por la política, y sí más por cómo resolver los problemas cotidianos, como el de encontrar un buen aparcamiento en el centro de Madrid durante la hora de la siesta.

La relación entre Sánchez y Ayuso

Y aquí no podía faltar la interacción entre Sánchez y Ayuso. La presidenta de Madrid dejó claro su desdén hacia las políticas del presidente, recordándole que «no somos un Estado federal, sino un Estado de las autonomías». En este momento, parece que ambas partes se encontraban más cerca de una pelea de patio de colegio que de un diálogo constructivo. ¿Es así cómo queríamos que la política funcionara?

Aquí se notan las diferencias ideológicas que, en lugar de ser superadas, son constantemente avivadas. Ayuso trató de tender puentes con el presidente catalán, Salvador Illa, pero que a su vez, se vio atrapado en su propia narrativa política. Entre tanto intercambio hostil, uno no puede evitar preguntarse: ¿dónde está el sentido común en todo esto?

Mirando hacia el futuro: ¿qué viene después?

A pesar de las críticas, el evento también sirvió como un marco donde se propuso –y se acordó– que Barcelona sea la sede de la próxima cumbre. Tal vez será una buena oportunidad para ver si, para entonces, algún aprendiz de mago pueda aparecer por ahí y traer de vuelta un modelo de financiación justo, en lugar de solo palabras vacías y promesas a medio cumplir.

Reflexiones finales

Al final del día, podríamos cerrar este análisis diciendo que la cumbre fue un reflejo de por qué tantos ciudadanos sienten un desencanto por la política. Nos vemos atrapados en reuniones donde se levantan elocuentes discursos, pero donde realmente no hay nada de sustancia. Ni más ni menos que un recordatorio de que los políticos pueden ser hábiles con las palabras, pero muchas veces, imprudentes en la acción.

La reunión dejó una sensación de insatisfacción y decepción. La política debe ser más que actos ceremoniales; debe ser un reflejo genuino de la voz de las comunidades a las que representan. Con tantos problemas económicos, sociales y de infraestructura, solo queda esperar que la próxima vez se reserven estos espacios no solo para llenar carpetas vacías, sino también para llenar corazones y mentes con soluciones reales.

¿Y tú qué opinas? ¿Te parece que estos encuentros realmente logran algo? ¿Es posible que un día se agoten las palabras vacías y comiencen a crecer las acciones que, sinceramente, todos necesitamos?