La comunidad autónoma Valenciana se encuentra en medio de un tornado político y emocional tras la devastadora dana que arrasó gran parte de su territorio. Como un buen thriller, los detalles de esta tragedia se desarrollan con giros inesperados y personajes que, a pesar de su cargo, parecen haber tomado vacacionales en uno de los peores momentos posibles. ¿Cómo es que el presidente Carlos Mazón se veía tan tranquilo, mientras sus conciudadanos se enfrentaban a la furia del agua? Vamos a desentrañar este drama con un toque de humor, una pizca de empatía y una mirada crítica hacia una gestión que ha dejado mucho que desear.
Un día fatídico: ¿dónde estaba Mazón?
Recuerdo un día en el que, mientras el resto de mis amigos luchaban con las inclemencias del tiempo en su ciudad, yo estaba disfrutando de una serie en Netflix como si no hubiera un mañana. Mi madre me llamaba insistentemente, y yo pensaba: «¡No puede ser tan grave!». Pero lo era. Este tipo de desconexión puede ser un error humano, pero cuando eres el presidente de una comunidad y tu región está inundada, la hamburguesa que estaba devorando parece de mal gusto. La pregunta que muchos se han hecho —sobre todo desde que el diputado Joan Baldoví lo destacó— es: ¿Dónde estaba realmente Mazón durante la dana?
Durante su comparecencia ante las Cortes Valencianas, supimos que tuvo un almuerzo de tres horas con una periodista, lo cual lo llevó a llegar tarde a la reunión de emergencias. Mientras gente como Laura Giménez clamaban «¡vivimos en el fango!», Mazón se dedicaba a disfrutar de un banquete. ¿Es mucho pedir un poco de priorización, especialmente cuando vidas están en juego?
Llegar tarde, pero bien servido
Es curioso cómo a veces las prioridades se distorsionan en los espacios de poder. En cualquier otra circunstancia, me encantaría pensar que Mazón estaba meditando sobre cómo mejorar los sistemas de emergencia mientras cena un buen corte de carne. Pero, claro, esa no parece ser la realidad. Como bien mencionó Baldoví, el hecho de que hubiera carreteras cortadas y rescates en curso debería haber sido una señal de alarma, no solo para Mazón, sino para todo su equipo. La ineptitud en la gestión de emergencias no es solo un problema de un hombre, sino de un sistema que parece fallar cuando más se necesita.
El discurso de Mazón: Autocríticas y excusas
En una intervención que se prolongó durante más de dos horas, Mazón pronunció la palabra “autocrítica”, pero ¿fue eso realmente lo que ocurrió? Más que asumir responsabilidades, su discurso se centró en echar balones fuera. Como una especie de hábil futbolista político, se movió con destreza para evitar cualquier golpe a su imagen.
Señaló a la Confederación Hidrográfica del Júcar y al Gobierno central como responsables de los fallos en la gestión de la emergencia. “Hubo fallos”, reconoció, pero en cada esquina de su discurso, la culpa parecía recaer en un lugar seguro: no en él, no en su gestión. En lugar de profundizar en lo que realmente podría y debería haber hecho para proteger a los ciudadanos, se escondió detrás de una serie de excusas que parecían más preparadas para un examen que para explicar una tragedia real.
¿Qué necesitábamos escuchar?
Nos hubiera gustado escuchar algo más concreto, como planes de acción claros para abordar la emergencia real. En momentos de crisis, lo que los ciudadanos necesitan no es sólo que se les explique qué salió mal, sino que se les ofrezcan soluciones inmediatas y un futuro seguro. Sin embargo, lo que recibimos fue un claro ejemplo de defensa política. Al final de su intervención, incluso las nuevas creaciones de vicepresidencias y consejerías parecían más un intento de mantener la fachada que una verdadera acción de gobierno.
Las consecuencias de no actuar
La gestión de Mazón no sólo tuvo un impacto en el ámbito político sino que se tradujo en tragedias humanas. Con más de 200 vidas perdidas, algunos familiares continúan a la espera de noticias sobre sus seres queridos. Samuel Ruiz, por ejemplo, ha estado pendiente de su teléfono, esperando una llamada que podría nunca llegar. La desesperación y la angustia son palpables, y este tipo de emociones no se pueden reducir a un simple “lo siento”.
Un sistema de alerta que falló
El desastre del 29 de octubre mostró que el sistema de alertas no solo es un protocolo: es una línea de vida. Sin embargo, Mazón fue acusado de aceptar una “falta de información y coordinación”. Resulta que a las 20:11, cuando muchos valencianos ya estaban empapados hasta los huesos, fue cuando se envió el primer mensaje crítico. La lógica nos lleva a preguntar: ¿por qué esperar tanto?
Cuando el caos se apodera de una región, no hay tiempo para la burocracia. La situación actual nos recuerda a esos momentos en que el Wi-Fi se cae en medio de una reunión importante; hay que actuar rápidamente. Sin embargo, el único apuro de Mazón parecía ser encontrar la manera de justificar su inacción.
Clamores de la oposición: críticas duras
La oposición, como no podía ser de otra forma, no se quedó de brazos cruzados. El Partido Socialista y Compromís inundaron las cortes con críticas. «¿Dónde estaba usted cuando más se le necesitaba?», fue la pregunta recurrente, repitiéndose como un mantra de descontento.
Los diputados despotricaron sobre cómo la coalición de gobierno del PP, en sociedad con voces de extrema derecha, desmanteló el tejido de emergencias en la comunidad. ¿Cuántas veces hemos visto el mismo guion en distintas regiones? La culpa se lanza de un lado a otro como si fuera un juego de ping pong, mientras la población queda atrapada en el fuego cruzado.
Al mismo tiempo, algunos críticos como Diana Morant hicieron un llamado a su propio partido para intervenir y reclamar un cambio de liderazgo. Imagínese esto como una temporada de “Juego de Tronos” en la que todos quieren su parte del pastel, mientras el reino sigue en crisis, pero, en este caso, no hay un dragón a la vista.
Mirando hacia el futuro: un camino incierto
Después de las críticas y la tormenta, Mazón ha prometido un cambio. La creación de una nueva vicepresidencia para abordar la recuperación económica y social, junto con una consejería de emergencias, son pasos que no debemos pasar por alto. No obstante, este nuevo camino viene marcado por la desconfianza. La reducción del presupuesto de emergencias en un 9.3% el año pasado parece contradecir cualquier señal de que se está tomando en serio la necesidad de protección y rescate en caso de catástrofes.
Las medidas que se necesitarían realmente
Primero, una revisión completa de todo el sistema de alerta y respuesta debe llevarse a cabo. Puede que aquí entre en juego otra palabra casi mágica: transparencia. Los ciudadanos necesitan saber de antemano que su gobierno está haciendo lo que se debe hacer para protegerlos.
Segundo, se deben crear protocolos claros y eficientes para las emergencias. La burocracia no puede ni debe frenar la acción, y dicho sistema tiene que ser perfectamente ejecutable por los equipos de respuesta en momentos de pánico.
Por último, los líderes deben ser sinceros en su comunicación. En tiempos de crisis, un gobierno debe ser como un amigo que busca ayudarte, no como un político que intenta encontrar salidas.
El papel de los medios de comunicación
No podemos olvidarnos del papel crítico que tienen los medios en todo esto. Informar sobre la verdad y mantener a los cuerpos gubernamentales honestos es esencial. Vimos cómo algunos programas de televisión se apuntaban a la controversia, mientras otros se mantenían al margen. Uno de los casos más vistos fue el aumento de audiencias del programa de Iker Jiménez, a pesar de los rumores y críticas sobre su tratamiento del tema. Una visión equilibrada y honesta es más crucial que nunca.
Conclusión
La dana ha dejado huellas no solo en el paisaje valenciano sino en la confianza de sus ciudadanos en su gobierno. La gestión de Carlos Mazón será un estudio de caso en cómo no manejar una crisis, y los vientos de cambio que ahora soplan en Valencia nos anuncian que el futuro puede ser diferente, pero para que eso suceda, se requieren cambios reales, no solo discursos. En medio del fango, es posible que valga la pena recordar que un buen líder no es aquel que nunca comete errores, sino el que sabe aprender de ellos.
Al final del día, lo que necesitamos es acción, no solo palabras. Valencia merece líderes que prioricen a su gente, especialmente en sus momentos más oscuros. La política puede ser un juego, pero la vida es real, y no hay «reinicio» cuando se trata de pérdidas humanas.