La historia de dos pueblos, Hontanares de Eresma y Ventosilla y Tejadilla, ofrece un panorama fascinante acerca de la evolución demográfica en los espacios rurales de España. Mientras uno experimenta un resurgimiento, el otro ha caído en un silencio casi sepulcral, un reflejo de la realidad que atraviesan muchos municipios en el país. ¿Qué hará que un pueblo florezca mientras otro se marchita? Aquí exploraremos no solo las cifras, sino también las historias que dan vida a estas estadísticas.
La transformación de Hontanares de Eresma: de pueblo dormitorio a comunidad vibrante
En el último par de décadas, Hontanares de Eresma ha sido testigo de un verdadero fenómeno demográfico. Con una población que pasó de la escasa cifra de unos pocos cientos a más de 2,000 habitantes, se podría pensar que el pueblo tuvo una explosión de natalidad similar a la de los años 70. Pero, como bien saben sus vecinos, no fue precisamente eso lo que ocurrió. En su lugar, la combinación de precios de vivienda atractivos y la búsqueda de una mejor calidad de vida han sido las fuerzas motrices detrás de este crecimiento.
«Cuando me quise comprar una casa, pareciera que nos había tocado la lotería en Segovia, pero no era así», cuenta Alberto Jerónimo, un vecino orgulloso de su elección. Y tiene razón: muchos han decidido abandonar la vida agitada de la capital en busca de un hogar que no solo sea una casa, sino un verdadero hogar.
La llegada de nuevas familias ha transformado el tejido social del pueblo. La natalidad se ha disparado (con una tasa de 10,1 por mil, que supera con creces el promedio nacional), y las calles que antes resonaban solo con el eco de las campanas ahora se inundan de risas infantiles. «Aquí siempre se ha dicho que tener solo un hijo es raro», añade María Vallejo, una madre local que sigue el juego del eslogan de «más hijos, más diversión».
Ventosilla y Tejadilla: la tristeza del olvido
En el espectro opuesto del crecimiento se encuentra Ventosilla y Tejadilla, que, con su medio centenar de habitantes permanentes, encarna el pesimismo del éxodo rural. «Este ya no está ni empadronado aquí», bromea Antonio Otero, el alcalde, mientras revisa la última inscripción de nacimiento en el libro del pueblo, que data de hace más de 40 años.
El contraste se vuelve aún más evidente cuando escuchamos a Otero diciendo que es «el más joven del pueblo» a sus 45 años. Esa declaración es casi un grito de socorro en un país donde muchos pequeños municipios luchan contra la despoblación. Con una única casa ocupada por un puñado de ancianos, Ventosilla parece un geriátrico en comparación con la bulliciosa vida de Hontanares, donde los niños juegan alegremente y la comunidad florece.
El ciclo de la vida, como bien destaca la profesora Rosario Sampedro de la Universidad de Valladolid, es uno de los elementos clave aquí. A medida que las familias jóvenes se trasladan a entornos más urbanizados, los pueblos se encuentran cada vez más desiertas. Pero hay algo triste en eso; un pueblo sin niños es un pueblo que comienza a perder su esencia.
Un teatro de historias
Las dinámicas sociales y demográficas de estos dos pueblos son reflejos del vasto tapiz que son los pueblos españoles. Lino Calle, un residente veterano de Hontanares, que volvió buscando tranquilidad tras recorrer medio mundo, es un ejemplo claro de cómo la nostalgia también juega un papel importante. «Mi pueblo ya no es mi pueblo», dice con una mezcla de orgullo y tristeza, añorando días pasados de sonidos y olores que han sido reemplazados por el bullicio del crecimiento moderno.
Los relatos de personas como Itziar Muñoz, que dejó atrás «el barullo de Madrid» en busca de un lugar donde criar a su hijo Manuel, son el tipo de historias que subrayan el retorno a los pueblos bien construidos. Así como Alberto y María, muchos comparten la sensación de que han encontrado su hogar en un lugar donde el aire es más limpio y los vecinos se cuidan unos a otros.
¿No es irónico que, en un mundo donde los metropolitanos cada vez parecen más desconectados de la comunidad, los pueblos pequeños puedan ofrecer la cercanía y el sentido de pertenencia que muchos anhelan?
El dilema de los servicios públicos
Sin embargo, la rápida transformación de Hontanares también trae consigo desafíos. Si bien el crecimiento demográfico es emocionante, no viene sin su carga. El déficit de servicios públicos, como la falta de un pediatra, es un grito de alarma que resuena entre los residentes. «Con menos de 3000 cartillas sanitarias, no te ponen un pediatra en el consultorio local», lamenta Javier González, el alcalde. El acceso a servicios médicos es fundamental, y sin atención no sólo hay un castigo para los que ya viven allí, sino una disuasión para quienes podrían considerar mudarse.
En Ventosilla, la situación es igual de grave, aunque diferente en matices. La falta de población ha llevado a la eliminación de muchos servicios. El médico solo visita el pueblo una vez al mes, lo que podría dar lugar a situaciones peligrosas. «Los pueblos van cambiando, pero la carga siempre parece quedar sobre los pocos que aún quieren quedarse», reflexiona Sampedro.
La esperanza de lo rural
Aun con las dificultades, hay una esencia de optimismo en la experiencia de estos pueblos. Mientras que Hontanares busca expandir sus servicios para acomodar a la creciente población, Ventosilla y Tejadilla aún se aferran a la esperanza de que algún día más personas regresen a sus raíces, o al menos, que la vida rural no se convierta en una mera caricatura de lo que solía ser.
La idea de que «hay que tener trabajo, hay que tener servicios» es absolutamente central para Sampedro. «Es muy importante mantener la población rural porque, de alguna manera, está cuidando un patrimonio natural y cultural que es un lujo», explica. Esta noción de luchas compartidas crea una empatía en cada esquina de ambos pueblos.
La comunidad Hontanares ha comenzado a luchar contra el estigma del «pueblo dormitorio», convirtiéndose en un enclave de vida y crecimiento. La apertura de pequeños negocios, como el centro de yoga de Mayte, que ha encontrado un acogedor nicho en la creciente población, también es una señal de que los tiempos están cambiando.
Reflexionando sobre el futuro
¿Qué puede aprender España de estas dos localidades y sus trayectorias? La historia de Hontanares y Ventosilla no solo ilustran diferentes realidades, sino que invitan a una reflexión más profunda sobre la vida en las áreas rurales. ¿Es posible canalizar el crecimiento y transformar los desafíos en oportunidades?
La verdad es que los pueblos en España son como una moneda de dos caras. Mientras que algunos se desvanecen, otros resplandecen con una vitalidad renovada. Es imperativo recordar que cada pueblo es mucho más que cifras y datos; es un lugar de historias, de gente y de sueños. Así que, la próxima vez que pases por un pequeño pueblo, tal vez sea el momento de aparcar el coche, dar un paseo y descubrir la riqueza que estos lugares tienen por ofrecer. ¿Te atreverías a vivir la experiencia?