En la historia política reciente de España, pocos documentos han dejado una huella tan profunda y controvertida como el Pacto del Tinell. Este acuerdo, firmado por la coalición de izquierdas conocida como Tripartito, comprometía a sus firmantes a no establecer ningún tipo de acuerdo de gobernabilidad con el Partido Popular (PP) en el ‘Govern’ de la Generalitat de Cataluña. Pero, ¿qué llevó a la creación de este pacto y cuál fue su impacto en la política y la gestión de recursos, sobre todo del agua, en España? Acompáñame en un recorrido que combina historia, política, y un toque de humor.

La génesis de un pacto controvertido

Para entender el Pacto del Tinell, primero debemos retroceder a principios de los años 2000. En un ambiente político marcado por la polarización, el Tripartito -formado por el PSOE, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) e Iniciativa per Catalunya Verds– surgió como una respuesta a lo que muchos consideraban el dominio político del PP. ¿Quién podría haber imaginado que un acuerdo firmado con tan fervor traería consigo tanto debate y controversia?

Pasqual Maragall, el entonces presidente de la Generalitat, en un intento por afianzar el poder de la izquierda, no escatimó en esfuerzos para mostrar su compromiso con ciertos valores que resonaban con sus aliados. En una famosa declaración, prometió no enviar ni una gota de agua del Ebro a las comunidades de Valencia y Murcia, basándose en un principio de equidad y justicia. Pero… ¡qué irónico! Este mismo líder se encontraría más tarde en tiempos de sequía.

El Plan Hidrológico Nacional: Una controversia acuosa

Una pieza clave en este rompecabezas fue el Plan Hidrológico Nacional (PHN), un ambicioso proyecto que buscaba abordar el recurrente problema de inundaciones y la gestión del agua en la península ibérica. Para muchos, el plan era una solución necesaria, pero para Maragall y su tripartito, fue vista como un ataque directo a la autonomía catalana y a sus recursos hídricos.

En un mitin en Deltebre, Maragall sentó las bases de la oposición al PHN con un fervor casi poético: “No habrá trasvase del Ebro.” ¡Y a veces pensé que lo había dicho mientras jugaba a las cartas con los suoi! Pero en el fondo, era un compromiso con los suyos: un savia nueva entre el ecologismo y el nacionalismo.

El contexto de las inundaciones

No estaba de más recordar que la razón detrás de la creación del PHN se debía a una serie de trágicas inundaciones de las que España había sido testigo durante décadas. En 1992, casi 2,400 incidentes acuáticos devastadores llevaron al país a replantear su propia relación con este recurso escaso. ¿Cómo podía España, donde cada año las lluvias parecen un capricho, seguir ignorando la importancia de una planificación hidrológica eficaz?

El ingeniero Luis Berga Casafont, en un estudio para la Revista de Obras Públicas, abogaba por un enfoque que combinara actividades no estructurales con una planificación robusta. Mientras tanto, los ojos del país se volvían hacia el gobierno de José María Aznar, quien a través del PHN estaba planteando soluciones que, lejos de comerse las palabras, buscaban mitigar el dolor de las inundaciones.

La lucha de los recursos hídricos

El Pacto del Tinell resultó ser más que un simple documento; se convirtió en el símbolo de una lucha por el agua, sus recursos, y lo que cada región creía que le pertenecía. Ante la incapacidad del Tripartito para ofrecer soluciones a la escasez de agua, las críticas comenzaron a emerger. ¿Qué pasa con las amenazas de sequía que muchos de nosotros, los ciudadanos, comenzamos a sentir? La pregunta golpeaba como un chubasco inesperado.

Con el ‘Compromiso del Ebro’, la palabra ‘trasvase’ fue erradicada del vocabulario político catalán. En 2008, la situación era crítica: las reservas de agua eran bajísimas y el Tripartito, que una vez había condenado el PHN, se encontraba decepcionado por no haber generado un plan alternativo viable. “Ojalá que llueva,” decían, como si un cambio de mentalidad pudiera solucionar un problema que ya era crítico.

La ironía de los discursos

Y fue así como la cúpula política de Cataluña, liderada por el eco-comunista Francesc Baltasar, comenzó a disfrazar la condición del agua con un lenguaje tan rebuscado que podría hacer sonrojar al mismísimo George Orwell. Decir que un trasvase era una «captación puntual reversible» era casi como decir que un elefante en un salón es solo un “animal grande en un espacio pequeño”.

La neolengua política no se quedó atrás, y pareciera que los eufemismos se habían convertido en la norma de comunicación para evitar admitir errores. Pero debe haber momentos en los que uno siente que, ante tanta verdad disfrazada, podría caer en un ataque de risa nerviosa o de pura frustración.

Consecuencias y reflexiones

El Pacto del Tinell simboliza lo que sucede cuando la política y la gestión de recursos se cruzan en un entorno de ideología fuerte y nacionalismo. De hecho, el efecto del pacto ha resonado a través de los años. ¿Cuantas veces hemos escuchado que la política del agua muchas veces es una guerra de palabras? La verdad es que uno se da cuenta de que los recursos, especialmente en un país tan diverso como España, son una fuente constante de conflicto.

El gobierno del PSOE, tras la llegada de Rodríguez Zapatero, dejó de lado el PHN, y el cambio en la gestión del agua se pospuso prolongadamente. Mientras tanto, Cataluña continuaba su travesía llena de altibajos. Era un juego de “ahora lo tienes, ahora no lo tienes”, como un truco de magia profesional.

¿Qué nos depara el futuro?

Avanzamos hacia el presente con un nuevo Gobierno en España, un futuro incierto y una crisis climática latente. Los problemas de gestión del agua son más relevantes que nunca, y España necesita revisar su enfoque de este recurso vital. En este momento, todos los ojos están puestos en la política del agua y en cómo esta se ejecutará frente a las cambiantes condiciones ambientales.

La historia del Pacto del Tinell y su impacto en la gestión del agua es un recordatorio de que la política no está exenta de dificultades y contradicciones. La lucha por el agua es real y, mientras continuemos en este tira y afloja, será crucial que los ciudadanos estén bien informados y que exijan cuentas a sus líderes. Solo así podremos evitar que el agua se convierta en un lujo en lugar de un derecho.

En resumen, mientras los políticos luchan entre ellos, quizás deberíamos mirar hacia una solución más sostenible y sostenible para todos. Ah, ¿y por cierto? Si pasa una lluvia el próximo verano, ¡un brindis por que las palabras del pasado no nos ahoguen en el presente!

Al final del día, todos merecemos un vaso de agua claro y fresco, al menos eso es lo que la naturaleza nos pide a gritos.