La muerte nos iguala a todos, pero lo que no nos iguala son nuestras vidas. Desde los ricos que desafían las leyes de la gravedad en una regata hasta los que simplemente quieren un café bien servido en la terraza, este mundo es un gran escenario lleno de actores, unos más conspicuos que otros. Hoy vamos a desmenuzar el marciano concepto del «pijo», una etiqueta que puede ser tanto un distintivo como un estigma, cuya complejidad se despliega en medio de convivencias sociales, marcas de moda y estructurales endogámicas.

¿Qué es ser pijo?

El término «pijo» puede no sonar demasiado amenazante, pero entonces, ¿quién no ha sentido alguna vez que alguien los mira con cara de «tú no encajas aquí»? Raquel Peláez, autora del libro ‘Quiero y no puedo: una historia de los pijos de España’, pone el dedo en la llaga al afirmar que cada uno de nosotros puede ser el «pijo» de alguien. Esta realidad me recuerda a mis años en la universidad cuando conocía a personas que se esforzaban al máximo por ser vistas como parte de un grupo que, a lo sumo, podían tocar con la punta de los dedos. Pero, ¿qué significa realmente ser pijo en una sociedad donde las apariencias son capitulares?

Nota de color

Te contaré una anécdota. Recuerdo que un amigo una vez se presentó a una fiesta de verano con una chaqueta de diseñador que evidentemente no le quedaba. En su defensa, argumentó que el precio de la chaqueta justificaba la incomodidad: «¡Es pijo, pero limitado!», proclamó. Desde entonces, he reflexionado mucho sobre nuestras obsesiones con las etiquetas. ¿Acaso la prenda nos hace? ¿O somos nosotros los que dotamos de significado a esas etiquetas?

La clase pija y sus extravagancias

La vida de los pijos parece estar llena de actividades extravagantes. Desde deportes acuáticos hasta lujosos banquetes, la opulencia parece ser el pan de cada día. Peláez menciona varios casos, entre ellos el de Stefano Casiraghi, quien falleció en una carrera de motonáutica. El punto no es el accidente en sí, sino cómo el estilo de vida que se lleva acarrea una fatalidad distinta, una que parece más «romántica» entre las clases altas. Porque, seamos honestos, ¿no sería más cómodo y seguro disfrutar de un buen día de campo con una botella de vino barato y amigos, que andar haciendo piruetas entre olas?

Los desafíos de la pijeza

En esta línea, Peláez expone que ser «pija» conlleva desafíos propios. A las mujeres clasificadas en este selecto grupo se les exige más: menos compasión y más crítica. Si un hombre es considerado pijo, es un signo de estatus; pero si una mujer lo es, la etiqueta corre el riesgo de convertirse en un insulto disfrazado. Esta doble moral refleja una dinámica patriarcal que nos sigue afectando en la actualidad. La lucha por redefinir lo que significa ser una mujer “pija” continúa en el epicentro del debate social.

¿Realmente hay un pijo en cada uno de nosotros?

Si ser pijo implica un compromiso con el consumo conspicuo y los estándares de estilización social, ¿quién no ha buscado alguna vez pertenecer a esa esfera? La democratización de la moda está haciendo que muchos se agolpen en las pequeñas tiendas de fast fashion, tratando de hacerse con su trozo del pastel de “la apariencia”. En cada esquina, encontramos a personas que imitan estilos o que encarnan la mayor apariencia social que pueden permitirse.

Hablando de apariencia, ¿alguna vez te has preguntado cuánta gente ha rebuscado entre las prendas de las rebajas, buscando la chaqueta que le hará parecer más “pija” por el simple hecho de tener el logo de una marca famosa? A mí me ha pasado, y no hay nada de malo en ello, siempre y cuando no olvidemos que, en última instancia, lo que realmente importa es el espíritu con el que llevamos esas prendas.

Apegos familiares y el legado del status

La forma en que las familias influyen en nuestra percepción también juega un papel crucial. Peláez hace énfasis en que lo que conocemos como «pijo» se puede heredar, en un sentido literal y figurado. Los apellidos que llevan ciertas cargas, los dineros que no son el producto de nuestro propio trabajo, todo ello suma. Las estructuras familiares bien engrasadas que perpetúan un estatus social alto pueden resultar en una lucha constante entre el deseo personal y la presión social.

Reflexión personal

Esto me recuerda a los relatos que escuché sobre algunas familias de mi pueblo, cuya historia se tejía entre enredos y aciertos, donde escuchar hablar del abuelo millonario era ritual, y la leyenda creaba patrones imposibles de alcanzar para las nuevas generaciones. Marca y estatus se entrelazan de una forma que, para muchos, se convierte en un ejercicio de supervivencia.

La pijeza se vuelve política

En el contexto actual, el pijo adquiere una dimensión política. Peláez destaca cómo el orgullo «pijo» se ha convertido en un mecanismo de defensa. En tiempos de crisis, las clases altas a menudo sienten la necesidad de reafirmar su estatus mediante gestos de ostentación, como las caceroladas que resonaron en Núñez de Balboa. Este tipo de actitudes son un fiel reflejo del contexto económico y político, donde la búsqueda de un sentido individual se mezcla con la lucha colectiva.
Se me vienen a la mente imágenes de campañas electorales en las que los políticos prometen “igualdad” mientras son vistos en comidas reunidos con los mismos grupos de «pijos». ¿Cuánto de lo que se promete realmente se traduce en acciones concretas?

La falta de autenticidad en el mundo pijo

Ciertamente, la pijeza no está exenta de críticas. >Una de las que más me hace reflexionar es sobre la obsesiva búsqueda de la autenticidad en medio de un mar de copia y consumo. En una época donde las redes sociales marcan tendencias y dictan lo que es «cool», muchos se pierden en un juego de espejos cuya única imagen remite a un uniforme social. El gran Alberto Garzón, actual Ministro de Consumo en España, sugirió en varias ocasiones que nuestras decisiones de consumo son, en muchos casos, reflejos de una búsqueda continua de identidad y aprobación social.

Dicho de otro modo, cuando compramos la última camiseta de diseño en lugar de una de un mercado local, ¿lo hacemos por amor a la estética o porque nos sentimos compelidos a encajar en un molde? ¿Podemos ver la diferencia?

El futuro de la pijeza: ¿Un cambio de dirección?

Así llegamos a la pregunta. ¿Qué nos depara el futuro en términos de pijeza? Nos encontramos en un cruce de caminos. Las nuevas generaciones están redefiniendo lo que significa «ser pijo». En un mundo que cada día está más cuestionado por la realidad del cambio climático y las injusticias sociales, este fenómeno parece avanzar por senderos inciertos.

La economía circular y los movimientos de sostenibilidad están cobrando fuerza, y la moda de segunda mano está ganando terreno. Muchos de nosotros buscamos dar un golpe a esa imagen del «pijo» superficial y ofrecerle un nuevo sentido a lo que significa estar a la moda. Quizás esta sea la oportunidad de reformar el concepto y crear una cultura en la que el valor sobrepase al estatus.

Conclusiones

Al final del día, ser pijo no es sólo una cuestión de marcas o de dinero; es también una cuestión de cómo te percibes y cómo deseas que te perciban. El fenómeno pijo, con todas sus complejidades, nos lleva a cuestionarnos sobre la autenticidad, el estatus y, en última instancia, sobre quiénes somos y cómo nos relacionamos con el mundo que nos rodea.

Así que, ¿quién es el pijo verdadero? Tal vez no lo sepamos nunca, porque, como bien dice Peláez, «todos podemos ser el pijo de alguien». Pero, si nos tomamos un momento y reflexionamos sobre nuestras decisiones y deseos, quizás descubriremos que lo que realmente importa no son las etiquetas, sino las relaciones humanas que cultivamos y los valores que llevamos en nuestro interior.