Desde hace tiempo, o al menos desde que me despierto cada mañana y me encuentro con la misma noticia en la primera página de los medios, he sentido que se está llevando a cabo un verdadero drama en la política catalana. Cada octubre, esperamos con ansias el recordatorio del referéndum del 1 de octubre de 2017. Todas las banderas ondeando, las camisetas amarillas creando una ola de esperanza en las avenidas de Barcelona. Pero este año, el ambiente es distinto, como si los colores se hubiesen desvanecido en una paleta gris.
Un aniversario sin celebración
A medida que se aproxima el 1 de octubre, uno esperaría que la comunidad se movilizara, que hubiera al menos un par de actos simbólicos donde se evocaran aquellos días de fervor y determinación. Pero, ¡oh sorpresa! Esta vez la Generalitat está en manos del PSC de Salvador Illa, un giro político que marca la pauta de lo que está por venir. Illa no ha lanzado un mensaje institucional para conmemorar esta fecha, y lo que podría haber sido una oportunidad para recordar el pasado se ha convertido en una semipágina en blanco.
La desmovilización es palpable. Este 1 de octubre no habrá manifestaciones ni huelgas, ni siquiera por parte de los sindicatos independentistas. Mientras, la historia de la lucha por la independencia se reduce a un evento en Arenys de Mar, donde se congregan algunas figuras de Junts, como Carles Puigdemont, quien, desde su escenario virtual, utiliza el tiempo que le dejan en TV3 para hablar de «luchar con las manos atadas a la espalda». ¿Cuántos de nosotros no hemos sentido lo mismo en alguna situación desesperante de nuestra vida?
Se nos va el octubrismo
La realidad es que el octubrismo, ese movimiento que platicábamos con vehemencia y que suponía un cambio histórico, parece estar en decadencia. Antes, recordábamos el 1-O como un momento fundacional. Pero ahora, con Laura Borràs apartada de la presidencia y ERC atravesando una crisis interna, la pregunta es: ¿quién está realmente al mando de la causa independentista?
Recordemos, por un momento, una anécdota personal que me resulta ilustrativa. Fue en el primer aniversario del 1-O, en el que fui a una de esas concentraciones masivas. Gente, música, lágrimas de emoción. Hasta intercambié algunas palabras con un par de desconocidos que parecían tener más pasión por la independencia que por el fútbol. «¡Esto no se acaba aquí!», recuerdo que gritaban. Y ahora miro a mi alrededor y veo que la marea se ha ido. ¿Realmente eso es lo que queríamos? ¿Una lucha que se desvanece como el sabor del café frío por la mañana?
La crisis en los partidos: un efecto dominó
Uno de los problemas más evidentes y notorios es la crisis en los partidos. La CUP ha decidido tocar su propio tambor y ERC, con sus luchas internas, parece más preocupada por sus propias disputas de poder que por unirse en torno a la causa que les dio vida.
A través de los años, hemos visto cómo el contexto político cambia. Todo se mueve en círculos y lo que una vez fue una mayoría independentista ahora parece un gran altibajo de desinterés. La atención mediática se ha desvanecido. Ahora, la narrativa gira en torno a la democracia y la convivencia, palabras que ahora suenan como un eco en el vacío que dejaron los pasados discursos épicos.
Un futuro incierto
Lo que no se puede negar es que el futuro del independentismo catalán está en la cuerda floja. Con cada año que pasa, el fervor parece disminuir y la desmovilización general parece tomar fuerza. Las concentraciones que solían llenar la plaza parecen una mera sombra de lo que eran. En un mundo donde la gente comparte memes sobre gatos como si fueran arte contemporáneo, ¿dónde queda un movimiento con una lucha tan extensa?
El pasado 8 de agosto se celebró la reaparición de Puigdemont en Barcelona, pero la asistencia fue más decepcionante de lo esperado: apenas 4,500 personas. Esto contrasta dramáticamente con las 60,000 personas que se congregaron en la Diada del 11 de septiembre; y lo digo sin importar lo que cuenten las estadísticas. A este ritmo, podríamos estar viendo un fenómeno donde no necesitamos un Atlas para ver cómo la independencia se está deslizando lentamente fuera del mapa catalán.
Reflexiones finales
Así que, aquí estamos, a menos de un año del próximo 1 de octubre, preguntándonos cómo ha llegado a este punto el independentismo catalán. El mismo fuego que alguna vez nos unió y nos hizo sentir invencibles se está apagando lentamente. Aunque puedo entender la frustración de los que me rodean, una parte de mí sigue deseando fervientemente que esta historia no termine así.
¿Qué significa el futuro para aquellos que creen en la independencia? ¿Un retorno a las viejas tácticas, una renovación del fervor, o simplemente una resignación callada en la sombra de lo que podría haber sido? ¿Es esta lucha por la independencia una batalla de corazones, o simplemente un juego político que ha pasado de moda?
Si algo es seguro, es que el 1-O seguirá siendo parte de la narrativa catalana. Ya sea en reuniones íntimas donde susurros sobre la independencia resuenan entre amigos o en las páginas de la historia, la semilla fue plantada. Y aunque el clima polito pueda ser inestable, nunca hay que perder la esperanza. Puede que este capítulo no sea el último, y las historias de lucha siempre tienen giros inesperados. Quién sabe, tal vez el próximo 1 de octubre veamos a miles de personas de nuevo en la calle, listas para gritar, “¡Sí se puede!” Pero hasta que eso suceda, sigamos reflexionando sobre el camino recorrido.
El futuro del independentismo catalán está escrito en nuestras acciones, pensamientos y en la voz de cada uno de nosotros. Porque, al final del día, cada historia tiene su propio ritmo. ¿Revitalizaremos ese espíritu de independencia que tantos anhelan? La respuesta podría ser una simple pregunta retórica, pero me gustaría pensar que la lucha sigue siendo parte de nosotros, incluso en este clima de desmovilización. Y quizás, solo quizás, haya todavía esperanzas para el octubrismo.