Un grito desesperado en las calles de València

Este sábado, las calles de València se convirtieron en un río de voces clamando por el derecho a la vivienda. Bajo el contundente lema ‘València s’ofega’ («Valencia se ahoga»), miles de personas, agrupadas en el movimiento València no està en venda, marcharon en una manifestación que fue, sin duda, un eco de la crisis que muchos sienten en sus almas. La situación en la ciudad es crítica, y no es solo una cuestión de números sino de vidas y esperanzas a punto de desvanecerse.

Rememorando la devastadora riada de 1957, los manifestantes no solo traían carteles: traían historias, sufrimiento y una necesidad urgente de hacer que sus voces fueran escuchadas. «Nos están expulsando de la ciudad,» gritaban con pasión, al tiempo que agitaban llaves en un acto simbólico que resonó como un llamado a la acción. Imaginen ser incapaces de vivir en el lugar que llaman hogar. ¿No es esto un sentimiento común en muchas otras ciudades del mundo?

La turistificación: un monstruo de mil caras

Entre los cánticos de protesta y las pancartas que clamaban contra la situación, se alzaba un nuevo y preocupante término: turistificación. Pero, ¿qué implica realmente esto? Más allá de ser una palabra de moda, se refiere a cómo la llegada de turistas y la transformación del paisaje urbano en un centro vacacional están desplazando a los residentes locales. En València, el grito de «Tourist go home» resonaba por doquier.

María Alandes, portavoz de València no està en venda y miembro del colectivo LaMataObras, enfatizó que la mayoría de los alquileres se están reservando para personas del norte de Europa, mientras que el 30% de las compras de vivienda corre a cargo de capital extranjero y especuladores. ¿Podemos realmente permitir que los forasteros se conviertan en los dueños de nuestros barrios? Vaya chiste trágico. Es como si un extraño decidiera entrar en tu casa y reclamarla como suya. ¡No, gracias!

Este fenómeno no es único de València; muchas ciudades del mundo están enfrentando la misma amenaza. En Barcelona, por ejemplo, los residentes han tenido que lidiar con un número cada vez mayor de apartamentos turísticos, lo que ha dado pie a la indignación y al resentimiento. La pregunta que debemos hacernos es: ¿estamos realmente permitiendo que nuestras ciudades se conviertan en parques temáticos para turistas?

Las cifras alarmantes de la vivienda en València

El evento de este sábado no solo fue emocional; también fue informativo, con datos que escurrían más fríos que el «agua del frigo». Desde 2015, el alquiler en València ha visto un aumento del 117%. ¿Acaso las casas se han vuelto más lujosas o se han convertido en objetos de especulación mercantil con un precio elevado?

Podríamos pensar que esto solo afecta a los jóvenes, esos que se encuentran luchando por encontrar un espacio donde vivir mientras luchan para independizarse. Pero, incapaces de hacer frente a estas subidas, muchos padres estaban allí con sus hijos, gritando por un cambio. Entre risas ora nerviosas, ora amargas, algunos en la multitud comentaban que **hasta las ratas están confesando* que se mudarán a un lugar más asequible. Sí, así de grave está la cosa.

Alba Font, otra de las portavoces de la manifestación, insistió en que es necesario declarar València como una zona tensionada para que las regulaciones de alquiler sean efectivas. ¿Se imaginan lo que sería pagar el 80% de sus ingresos solo para tener un techo sobre la cabeza? Una locura, ¿no?

La voz política en medio del clamor ciudadano

Pero no solo los ciudadanos estaban dispuestos a luchar. La portavoz de Compromís, Papi Robles, se unió a la protesta, defendiendo la idea de que limitar los precios de alquiler no es solo posible, sino necesario. ¿A qué está esperando el Gobierno? La inacción parece organizarse como un nuevo deporte nacional.

Desde el lado opuesto, el portavoz del PSPV-PSOE, Borja Sanjuán, también se preguntó si los líderes de la ciudad preferían seguir cómodamente en un entorno de especulación. Mientras la sociedad clama por justicia, la política deber tener un papel igual de comprometido y hostil al abuso. Una respuesta simultánea a la inacción, como un tango que nunca termina.

La necesidad de un cambio radical

Las palabras de los oradores estaban llenas de urgencia. «València está saturada, se está ahogando», decía Alba, llamando a un cambio drástico y completo en la visión y modelo de la ciudad. No podemos seguir apostando por el turismo como el único motor económico. En algún momento, esto debe acabar.

Algunos jóvenes presentes hablaban de cómo no podían pensar en una vida digna hasta el punto de tener que abandonar su hogar. Otros, como los que se encuentran en el edificio de Milo, se preguntaban si eran los únicos que aún podían habitar sus casas, mientras el resto se convertía en una colección de bienes raíces arrendados a turistas. La angustia es palpable, llena de lágrimas secas y risas amargas.

Conclusiones: Un grito de esperanza entre la desilusión

La manifestación de València, aunque marcada por la tristeza y la desesperanza, también resonó con la esperanza de un futuro mejor. La lucha por un acceso a vivienda asequible, la regulación del alquiler y la protección de las comunidades locales son temas que no se pueden ignorar.

La responsabilidad de hacer frente a esta situación recae no solo en los gobiernos, sino también en los ciudadanos que deben mantenerse activos y unir fuerzas. La historia de València es solo una de muchas que se repiten en el mundo.

Así que, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos unir nuestras voces y hacer que se escuchen? Quizá, a través de la empatía, el diálogo constructivo y, por supuesto, la fuerza de la acción. Después de todo, nuestras ciudades son espacios que deben pertenecer a aquellos que las habitan, no a aquellos que vienen solo a disfrutarlas.

En definitiva, como ciudadanos, tenemos la responsabilidad de levantar la voz cuando las cosas no van bien. Los sueños de un hogar deben ser accesibles a todos, y las ciudades solo pueden prosperar cuando sus residentes pueden vivir en ellas. La lucha por el hogar comienza aquí, y si no nos unimos, quizás pronto no tengamos un lugar al que volver. ¿Estamos dispuestos a permitirlo?