La vida puede ser caprichosa, ¿verdad? A veces parece que el destino ha decidido hacer una broma, y no siempre es graciosa. Imagina que dos personas, con historias de vida tan diferentes como el día y la noche, se encuentran al final de su camino en la pensión. Una vive una existencia llena de lujos y oportunidades, mientras que la otra ha luchado contra cada ola. Y aunque ambos comienzan a contribuir a la Seguridad Social a una edad temprana, sus esperanzas de vida son tan distintas como sus trayectorias. ¿ Es justo? Hoy, vamos a sumergirnos en este tema tan candente y revelador.
La brecha de esperanza de vida entre clases sociales
Recientemente, una investigación de la revista Nature reveló que en España, las personas que residen en zonas desfavorecidas viven casi cuatro años menos que aquellos en áreas favorecidas. Así que, mientras una persona en el centro de Madrid disfruta de su café en una terraza soleada, otra en un rincón rural se enfrenta a desafíos de salud que la acortan su tiempo en este mundo. Y no solo eso, sino que las personas en las capitales de provincia tienen una esperanza de vida incluso mayor que aquellos en las comarcas rurales. ¿Qué está pasando aquí?
Ciertamente, factores como la genética, el entorno, y el estilo de vida juegan un papel crucial. Pero no podemos ignorar el impacto profundo que la situación socioeconómica tiene en nuestra salud y longevidad. Es un eco de la famosa frase «la salud es riqueza», y en este caso, parece más que evidente.
El ciclo vicioso de las pensiones
Ahora, imaginemos un escenario. Dos individuos, llamémoslos Juan y Pedro, comienzan a trabajar a los 24 años. Juan, proveniente de una familia con dificultades económicas, logra conseguir un empleo de baja remuneración, mientras que Pedro trabaja en un puesto bien remunerado. Ambos contribuyen a la Seguridad Social hasta jubilarse a los 66 años. ¿Te suena familiar? Aunque ambos han trabajado duro, sus recorridos son notablemente diferentes.
Años después, Juan vive hasta los 84 años, disfrutando de su merecida jubilación durante 18 años. En cambio, Pedro vive hasta los 92 años y, por lo tanto, disfruta de 26 años de pensión. Aquí viene la parte irónica: por cada euro que ambos han cotizado, Pedro recibiría un 44.44% más que Juan. ¿Injusto, verdad? La injusticia de que aquellos que han ganado menos, para quienes cada euro cuenta, subsidien a los más favorecidos va directamente contra la lógica de equidad social.
¿Y qué se puede hacer con esto? La realidad es que los sistemas de pensiones en todo el mundo, incluido el español, parecen hibernar cómodamente en esta iniquidad. ¡Es como un mal chiste del que nadie se ríe!
Las complejidades de la Seguridad Social
A menudo, los sistemas de Seguridad Social intentan abordar estas desigualdades mediante ciertas prácticas, como los coeficientes reductores para trabajos que son físicamente demandantes. Pero, ¿son suficientes? En la gran mayoría de los casos, estas medidas son demasiado limitadas, aplicándose solo a ciertos oficios. Si trabajas duro como minero o conductor de tren, puede que recibas un trato especial, pero ¿qué hay de aquellos que trabajan arduamente en otros campos?
A veces, parece un juego de una sola mano: los desfavorecidos acaban solo con migajas, mientras que los favorecidos obtienen la gran parte del pastel, al que solitamente ni siquiera han puesto un pie. Es una realidad que, aunque no conocida por muchos, se perpetúa en silencio tras las puertas de las oficinas de pensiones.
La brecha de género y su impacto
¿Y qué decir de las mujeres? Históricamente, han vivido más que los hombres, lo que genera otra capa de complejidad en el sistema de pensiones. En este caos, las mujeres también, aunque quizás sin querer, terminan subvencionando las pensiones de los hombres. Así que al final, lo que parece ser una lucha por la igualdad de género resulta revocando el enfoque, dejando a cada uno de los jugadores en su campo de juego habitual. ¡Qué ironía!
Cabe destacar que, aunque la seguridad social busca reducir esta brecha de género, las leyes actuales aún no permiten realizar ajustes en los productos vitalicios según el sexo. A veces, las leyes parecen más un laberinto sin salida que una auténtica solución.
¿Es posible una reforma justa?
Ahora bien, si un país decidiera abordar este problema de desigualdad en sus pensiones, esto podría marcar una diferencia monumental. Imaginen un escenario en el que se establecieran ajustes actuariales en función de la esperanza de vida, permitiendo que los grupos desfavorecidos tuvieran acceso a prestaciones más justas. Sería un avance histórico, uno que podría equilibrar la balanza y ofrecer un rayo de esperanza a muchos.
Sin embargo, implementar software o sistemas de inteligencia artificial para categorizar y adaptar la Seguridad Social a estas problemáticas es todo un reto. La delicadeza de determinar quién es realmente «favorecido» o «desfavorecido» es un dilema que podría llevar horas de discusión. Pero, ¿realmente queremos seguir ignorando la desigualdad inherente de este sistema?
Más allá de la clasificación: un llamado a la empatía
Este tema no es solo una cuestión de números. Al final del día, se trata de vidas humanas, sueños y esperanzas. Cada decisión que tomamos en relación con nuestro sistema de pensiones tiene un impacto en personas que pueden no tener una voz fuerte a pesar de ser parte del aparato socioeconómico que estamos discutiendo. Algunas historias de vida son tragedias personales, mientras que otras son historias de superación.
Quizá no todos tenemos la suerte de haber nacido bajo las mismas estrellas. Pero, aun así, ¿no deberíamos esforzarnos por crear un sistema en el que todos tengamos una oportunidad equitativa? Al fin y al cabo, una sociedad prospera cuando se preocupa por sus miembros más vulnerables, cuando busca eliminar la injusticia y cuando opta por la igualdad. La pregunta que nos debemos de hacer es: ¿estamos dispuestos a dar ese paso?
Conclusión
Así que, mientras continúas disfrutando de tu café y reflexionando sobre estos temas que afectan a tantos, recuerda que no se trata solo de números, sino de personas. La desigualdad étnica, la género y la socioeconómica no deberían ser el triste legado de nuestro tiempo. A través de la empatía, la honestidad y el deseo de avanzar, podemos crear un futuro en el que cada vida cuente por igual.
La tarea es compleja, pero no imposible. Tal vez, solo necesitemos un poco de nuestra propia «ironía» y un enfoque más humano para deshacer el enredo de la inseguridad económica en que muchos viven. Así que la próxima vez que oigas hablar de pensiones, esperanza de vida y desigualdad, recuerda a Juan y Pedro. Ellos son solo la punta del iceberg de una conversación que merece continuar.
Así que, ¿qué podemos empezar a hacer hoy para transformar nuestras expectativas en realidades tangibles y equitativas en la sociedad española? ¡Esa es la pregunta del millón!
Acerca de los autores: José A. Herce y Diego Valero son socios fundadores de LoRIS y presidentes de Novaster, respectivamente. Su experiencia y dedicación a la justicia social son esenciales en el constante esfuerzo por mejorar la calidad de vida de todos.